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"La riqueza de la compañía". En conmemoración del Día del Amigo, para honrar la amistad.

Por qué la felicidad se construye mucho antes de llegar a Ítaca
La felicidad ocupa un lugar privilegiado entre las grandes aspiraciones humanas. Pocas palabras despiertan tanto consenso y al mismo tiempo, tanta confusión. Todos creemos saber qué significa ser felices, pero cuando intentamos explicar dónde se encuentra la felicidad o cómo alcanzarla, las respuestas comienzan a multiplicarse.

Durante buena parte de nuestras vidas aprendemos a buscarla en el futuro. La asociamos con un ascenso, un reconocimiento, un proyecto cumplido, una estabilidad económica o una meta largamente esperada. Vivimos convencidos de que existe un momento en el que, finalmente, todo encajará y podremos decir: "Ahora sí soy feliz".

Sin embargo, la experiencia suele enseñarnos algo diferente.
Los objetivos alcanzados producen satisfacción. Los reconocimientos fortalecen nuestra autoestima. El éxito profesional amplía nuestras posibilidades. Pero, con frecuencia, esa sensación de plenitud resulta pasajera y rápidamente es reemplazada por una nueva meta. Entonces comprendemos que la felicidad difícilmente pueda reducirse a una sucesión de logros.
Quizá el mayor error de nuestra época haya sido convertir la felicidad en un objetivo, cuando siempre fue una consecuencia de la forma en que decidimos vivir.

Esta idea encuentra una sorprendente coincidencia entre la poesía y la ciencia.
Hace más de un siglo, Constantino Cavafis escribió “Ítaca”, uno de los poemas más profundos sobre el sentido de la existencia. Allí invitó a no apresurar el viaje porque la verdadera riqueza no reside únicamente en llegar al destino, sino en todo aquello que descubrimos mientras avanzamos hacia él. Ítaca ofrece una dirección. El viaje nos transforma.

Décadas después, el estudio longitudinal iniciado por la Universidad de Harvard en 1938 —considerado uno de los más extensos sobre desarrollo humano— arribó a una conclusión igualmente reveladora: las personas que construyen relaciones cercanas, auténticas y significativas presentan mayores niveles de bienestar, salud y satisfacción con la vida.

Dos miradas provenientes de mundos completamente diferentes convergen en una misma verdad.
La felicidad no depende exclusivamente de aquello que conseguimos.
Depende, sobre todo, de la manera en que vivimos el camino y de las personas con quienes elegimos recorrerlo.

En mis conferencias suelo afirmar que la vida nos invita permanentemente a decidir entre obsesionarnos con el destino o aprender a disfrutar el viaje. Con el paso de los años comprendí que la verdadera respuesta no reside únicamente en ninguna de esas alternativas.

La verdadera riqueza está en la compañía con la que decidimos recorrerlo.
Hablar de compañía no significa simplemente estar rodeados de personas. Podemos compartir una oficina, una familia o un proyecto sin llegar a construir un verdadero encuentro. La compañía adquiere valor cuando existe presencia, escucha, confianza y una genuina voluntad de contribuir al desarrollo del otro.

Por eso utilizo con frecuencia la expresión “la riqueza de la compañía”.

La riqueza de la compañía constituye ese patrimonio invisible que se forma cada vez que alguien amplía nuestra manera de pensar, fortalece nuestros valores, despierta capacidades que ignorábamos poseer o nos ayuda a descubrir una mejor versión de nosotros mismos.
Existen personas que alivian el camino. Otras lo desafían.
Algunas nos enseñan.
Otras simplemente permanecen a nuestro lado cuando las respuestas escasean.
Y cada una de ellas deja una huella distinta en nuestra historia.
Con el tiempo comprendemos que los mayores aprendizajes rara vez nacen de los momentos de comodidad. Surgen de conversaciones difíciles, de vínculos sinceros, de maestros exigentes, de colegas generosos, de amigos que nos dicen aquello que necesitamos escuchar y de personas que creen en nosotros incluso cuando nosotros todavía dudamos.

Por eso tengo la convicción que “la calidad de una vida rara vez supera la calidad de las personas con quienes decidimos compartirla”. 

Esta afirmación también explica por qué tantas personas alcanzan el éxito sin experimentar una auténtica sensación de plenitud.

El éxito puede medirse. La felicidad debe vivirse.
El éxito suele compararse. La felicidad solamente puede experimentarse.

Mientras el éxito responde a aquello que logramos, la felicidad habla de quiénes llegamos a ser durante ese proceso.

Viktor Frankl afirmó que el ser humano encuentra plenitud cuando descubre un sentido capaz de trascender las circunstancias. Ese sentido difícilmente se construya en aislamiento. Nace en el encuentro con otros, en el amor, en el servicio, en la responsabilidad y en la posibilidad de poner nuestros talentos al servicio de una causa que nos supera.

La felicidad, entonces, tampoco consiste en una permanente sucesión de emociones agradables. Una vida feliz también atraviesa pérdidas, incertidumbres, frustraciones y dolor. Lo que cambia es la capacidad de integrar esas experiencias dentro de una historia que conserva sentido.
Esta reflexión alcanza inevitablemente a las organizaciones.

Las personas pasan una parte muy significativa de su vida trabajando. En consecuencia, la cultura organizacional influye profundamente en su bienestar, en la calidad de sus vínculos y en la posibilidad de encontrar sentido en aquello que hacen.

Con frecuencia analizamos la cultura desde los procesos, los indicadores o la estrategia. Sin embargo, toda cultura responde, antes que nada, a una pregunta profundamente humana: ¿cómo es la experiencia de compartir este camino con quienes forman parte de esta organización?
Una organización también es una forma de compañía.

Cada cultura modela conversaciones, fortalece determinados valores, habilita ciertos comportamientos y desalienta otros. Algunas organizaciones desarrollan personas capaces de aprender, cooperar y crecer juntas. Otras producen aislamiento, desconfianza y competencia permanente, aun cuando sus resultados económicos sean satisfactorios.
La diferencia rara vez reside exclusivamente en la tecnología o en los procedimientos.
Reside, fundamentalmente, en la calidad humana de las relaciones que esa cultura es capaz de construir.

Una cultura saludable no disminuye la exigencia ni renuncia a la excelencia. Por el contrario, crea las condiciones para que la excelencia pueda sostenerse en el tiempo porque se apoya en la confianza, el aprendizaje, la humildad para seguir aprendiendo, el discernimiento para decidir responsablemente y el compromiso con el bien común.

Desde los orígenes de la “Maestría en Coaching y Cambio Organizacional”, años de investigación, experiencia académica y trabajo con organizaciones permitieron profundizar y posicionar el concepto de Innovación Humana.

Desde nuestra visión, innovar no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías o mejorar procesos. Significa desarrollar personas capaces de ejercer un discernimiento superior, aprender de manera permanente, construir confianza y orientar sus capacidades hacia un propósito compartido que contribuya al bien común.

Esa línea de investigación dio origen, como evolución natural del trabajo desarrollado en la Maestría, a la “Diplomatura Universitaria en Innovación Humana y Desarrollo del Talento”, convencidos de que el mayor desafío de nuestro tiempo no consiste solamente en crear organizaciones más inteligentes, sino también organizaciones más humanas.

Mientras la inteligencia artificial transforma aceleradamente nuestra forma de trabajar, la felicidad vuelve a recordarnos aquello que ninguna tecnología podrá reemplazar: la necesidad de pertenecer, de sentirnos reconocidos, de confiar, de aprender junto a otros y de encontrar un sentido que trascienda los resultados.

Quizá por eso la felicidad merezca ser comprendida desde una perspectiva diferente.
No es un premio reservado para quienes llegan primero. No depende exclusivamente del éxito.
No se compra, ni se acumula.
La felicidad es la expresión silenciosa de una vida vivida con sentido, de vínculos que nos enriquecen y de culturas que nos permiten crecer junto a otros.

Quizá Cavafis tenía razón.
“Ítaca nunca fue únicamente un destino”.
Era la excusa perfecta para descubrir que la mayor riqueza que una persona puede reunir durante toda una vida no se encuentra en aquello que posee al llegar, sino en las personas que hicieron posible el viaje.
Porque, cuando finalmente comprendemos el verdadero significado del camino recorrido, descubrimos que la felicidad nunca fue alcanzar una meta. Fue la forma en que elegimos vivir el viaje.

La calidad de una vida rara vez supera la calidad de las personas con quienes decidimos compartirla. 
Cuando el camino termina, los logros se recuerdan. Las compañías permanecen.


Jorge Cámpora, Ph.D. 
Director de la Maestría en Coaching y Cambio Organizacional.
Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. 
Universidad del Salvador
En conmemoración del Día del Amigo que se celebra el 20 de julio, para honrar la amistad.
 

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