Agustín Layús: el jazz como conversación, la docencia como escucha
Por momentos, Agustín Layús habla de música como si hablara de la vida, de la docencia o de ambas cosas al mismo tiempo. Músico de jazz, compositor y docente de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación Social (FCSEC) de la Universidad del Salvador (USAL), su recorrido está marcado por una búsqueda constante: la de generar sentido en el intercambio, ya sea sobre un escenario o dentro del aula.
“En el jazz, la canción es una excusa”, explica. La melodía y la forma funcionan como punto de partida para algo más profundo: la comunicación entre músicos, la construcción de un momento irrepetible. “Cada concierto es distinto. Es como una fotografía: pasó ahí y no vuelve a pasar igual”.
Su vínculo con la música comenzó temprano. De pequeño estudió guitarra clásica, luego eléctrica, atravesado —como él mismo dice— por el rock propio de su generación. Tras finalizar la universidad, decidió profundizar en el jazz y se formó con referentes locales, entre ellos Pablo Borowiti, a quien recuerda como una figura clave en su desarrollo musical. También pasó por el Sindicato de Músicos y estudió composición, contrapunto y armonía en el Conservatorio Manuel de Falla.
Un punto de inflexión en su trayectoria fue su estadía en Nueva York, donde pasó un año estudiando con músicos de la escena local, participando en ensambles y workshops como el New York Jazz Workshop y The Collective. “Aproveché ese año todo lo que pude”, resume. Allí no solo se formó, sino que también grabó discos con proyectos de jazz experimental y consolidó una mirada propia sobre el género.
Actualmente, Layús continúa componiendo y grabando. Se encuentra trabajando en un nuevo disco con composiciones originales y un formato poco habitual para el jazz, que incluye cuerdas. “Es difícil juntar la plata, pero la necesidad de grabar está. Es una forma de dejar un legado”, señala.
La USAL, la comunicación y el regreso a la vocación
Su llegada a la Universidad no fue lineal. Proveniente de una familia tradicional, la decisión de dedicarse a la música no fue sencilla. “Cuando le dije a mi mamá que quería estudiar música a los 18, me mandó directamente al psiquiatra”, recuerda entre risas. Buscando una carrera universitaria, pasó por Diseño en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y finalmente eligió esta casa de estudios, donde se formó en Publicidad.
Durante esos años, la música quedó en pausa. Sin embargo, una vez insertado en el mundo laboral, reapareció la sensación de vacío. “Sentía que me faltaba una parte de mí”, admite. Ese fue el impulso que lo llevó a retomar los estudios musicales con mayor intensidad y, tiempo después, a tomar la decisión de viajar a Nueva York para dedicarse de lleno a su vocación.
Desde entonces, nunca dejó de tocar. “Hay disciplinas que te llaman. Si tenés ese llamado, en algún momento volvés”, afirma.
El aula como espacio de improvisación
Layús llegó a la docencia casi por casualidad, pero encontró en el aula un territorio afín a su manera de entender el jazz. Para él, enseñar también implica escuchar, adaptarse y reaccionar. “Cada grupo es distinto, porque las personas somos únicas. Y eso se nota mucho”, explica.
El paralelismo con la música es inevitable: así como cada músico imprime su identidad en el instrumento, cada estudiante aporta una dinámica particular al grupo. “Hay gente que habla más, gente que habla menos, y eso hace que la clase sea más viva, más dinámica”.
La improvisación, central en su trabajo musical, también atraviesa su práctica docente. “Si no improvisas un poco, la clase se vuelve un monólogo. Y cuando los chicos se aburren, uno también se aburre”, reflexiona.
Esa búsqueda de diálogo y cercanía también se expresa en Art Dúo, el proyecto que integra junto a Edgar Luque Bilunyk, pensado como un formato dúo, compacto y adaptable. El objetivo fue claro desde el inicio: llevar el jazz a espacios no tradicionales. “Empezamos a tocar en cafeterías de especialidad, algo que no se hacía”, cuenta Layús, fanático del café y del clima íntimo que propone ese entorno.
El dúo apuesta a un jazz calmo, con silencios y espacio para la escucha. “El silencio es parte del discurso”, sostiene. En un formato reducido, las pausas cobran sentido y evitan que la música se convierta en “ruido blanco”. A la fecha, el proyecto acumula cerca de cien presentaciones, todas distintas entre sí, como una conversación que se renueva en cada encuentro.
Para Layús, la formación artística cumple un rol clave en el contexto actual, atravesado por el avance de la Inteligencia Artificial (IA). “La creatividad va a ser una moneda de cambio muy importante”, afirma. Aunque reconoce el potencial de las nuevas tecnologías, destaca el valor de lo analógico y de la capacidad humana de crear desde la nada. “Ahí hay algo que sigue siendo profundamente humano”.
En cuanto a lo educativo, su proyecto es claro: seguir dando clases y repensar las materias de manera constante. “Todos los años las reviso, las cuestiono, veo qué puedo agregar o sacar”, explica. Incluso se encuentra explorando el uso de modelos de lenguaje aplicados a la enseñanza, como una forma de optimizar y actualizar los contenidos.
En lo musical, la inquietud continúa. Nuevos grupos, nuevas grabaciones y la necesidad permanente de seguir generando proyectos. “Mientras me dure la energía, voy a seguir creando”, asegura.
Entre el jazz y la docencia, Agustín Layús parece haber encontrado un mismo hilo conductor: la conversación. Esa que se construye escuchando al otro, dejando espacio para el silencio y entendiendo que, como en la música, cada momento es único e irrepetible.
Por Jimena Rocío Lucero, estudiante de la Licenciatura en Periodismo de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación de la Universidad del Salvador (USAL) en el marco de las prácticas educativas.
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