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Paradigma Ledesma-Kolvenbach: el humanismo

Tras haber considerado la utilidad como una de las dimensiones del Paradigma Ledesma Kolvenbach, veamos ahora el humanismo. Diego de Ledesma (1520-1575) –cuando le correspondió contribuir al Plan de Estudios (Ratio Studiorum) para orientar la educación impulsada por los jesuitas– manifestaba que era fundamental proveer a los alumnos de “el ornato, el esplendor y la perfección de la naturaleza racional y de la naturaleza humana”.

De esta manera, se asumía el humanismo tal como se definía en el siglo XVI. Esto suponía aceptar que junto al evangelio se podían incorporar antiguos autores latinos y griegos, especialmente Cicerón. Consecuentemente, la tarea evangelizadora y educadora no se limitaba al campo de lo estrictamente religioso, sino que comprendía una formación cívica, estética, literaria y moral que podíamos compartir con otros seres humanos. 

Fue tal el entusiasmo y la eficiencia con la que los jesuitas llevaron adelante este programa que, especialmente entre los siglos XVI y XVIII, fueron considerados los “maestros de Europa”, en la educación, la cultura, la formación de las élites y la transmisión de la tradición cristiana. Su criterio no era rechazar la cultura clásica, sino seleccionarla, discernirla y ponerla al servicio de la formación cristiana.

De todos modos, evaluado a distancia, el humanismo renacentista fue muy individualista, etnocéntrico y poco social, puso a lo humano en el centro resaltando su razón y su libertad, en desmedro de los sentimientos e hizo de la naturaleza sólo un objeto de su poder descuidando su carácter de Casa Común.

Es por eso que al conmemorarse el IV Centenario de la Ratio Studiorum, el P. Kolvenbach – Superior General de la Compañía de Jesús– actualiza la comprensión del humanismo indicando que debe “contribuir a un crecimiento integral –cuerpo y espíritu, intelectualidad y afectividad–de la persona humana”.

En realidad, el término humanismo es muy variado en significados y ha sido invocado de muchas maneras, algunas hasta antagónicas. En nuestra época, se ha hablado de humanismo integral (Maritain), socialista, existencialista, científico, o personalista (Mounier, en contraposición a la idea de "individuo"). Para otros el humanismo consiste en romper con todo "absolutismo", valorando la aproximación a la verdad en vez de la exactitud racionalista.

A su vez, cierto “humanismo liberal” con su insistencia en la democracia y la libertad individual, incluye la promoción de la práctica del suicidio, el aborto, y la eutanasia. Por su parte, los estructuralistas sostienen que el hombre no es el verdadero sujeto de la historia, sino que son las estructuras las que la determinan, adelantando lo que más actualmente se conoce como post-humanismo.

Al respecto en el documento Antiqua et nova, sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, se nos dice:  

Los transhumanistas afirman que los progresos tecnológicos permitirán a los seres humanos sobrepasar los propios límites biológicos, y mejorar las capacidades físicas y cognitivas. Los posthumanistas, por su parte, afirman que tales progresos acabarán por alterar la identidad humana de tal manera que los hombres no podrán ni siquiera ser considerados verdaderamente “humanos”. Ambas posiciones se basan en una percepción fundamentalmente negativa de la corporeidad, que es vista más como un obstáculo que como parte integrante de la identidad humana, llamada también ella a participar de la plena realización de la persona. Esta visión negativa contrasta con una comprensión correcta de la dignidad humana. Al tiempo que apoya el auténtico progreso científico, la Iglesia afirma que esta dignidad se basa en la «persona come unidad inseparable» de cuerpo y alma, por tanto «también inherente a su cuerpo, que a su manera participa del ser imagen de Dios de la persona humana»  

Así como el “humanismo ignaciano” asumió críticamente y potenció el optimismo antropológico–cultural renacentista, a nosotros nos toca ante el instrumentalismo tecnológico actual, no negarlo como tal, sino proponer un sentido de plenitud que lo trascienda. 

 

Mg. Eloy Mealla
Seminario Permanente Pedagogía Ignaciana
Vicerrectorado de Formación
Universidad del Salvador 
 

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