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Jorge Cámpora y Tony Meléndez

“No me digas que no podés”: La responsabilidad de ser, liderazgo más allá del límite

En el campo del liderazgo organizacional, existe una confusión persistente: asumimos que adaptarse es transformarse. Sin embargo, la adaptación ajusta comportamientos; la transformación redefine al observador que interpreta la realidad. Este nivel superior, que denomino “Aprendizaje de IV Orden”, no modifica únicamente lo que hacemos, sino la posición que asumimos frente a lo que nos sucede.

Mi comprensión de este principio no se limita a la teoría, sino que se configura en una práctica sostenida de aprendizaje. Aprender a aprender no es una etapa, es una decisión personal que sostengo como forma de vida. En ese recorrido, la propia experiencia se constituye en un espacio continuo de desarrollo de conciencia. Algunas experiencias, lejos de ser excepcionales, adquieren especial claridad cuando se las observa en perspectiva. Una de ellas ocurrió el 21 de abril de 2007, en la ciudad de San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela.

Por aquel entonces me encontraba dictando conferencias y acompañando a líderes y profesionales del tercer sector en procesos de revisión de sus prácticas de gestión, promoviendo una mirada más profunda sobre la toma de decisiones y el nivel de conciencia. 

Fue allí donde tomé conocimiento de que Tony Meléndez se encontraba alojado en mí mismo hotel. Para mí, ese dato tenía un significado particular: durante años, en la Ciudad de Buenos Aires, había compartido su historia en mis clases y conferencias, utilizando su testimonio alojado en YouTube como un caso concreto para trabajar con líderes la relación entre límite, decisión y actitud. No se trataba de una referencia ocasional; era una historia que había estudiado, difundido y utilizado como marco para interpelar a otros. Por eso, pedí a mis anfitriones que gestionaran un encuentro. Así se produjo la reunión.

Cuando el límite cambia de significado.
Tony Meléndez es una figura cuya historia ha tenido impacto global. Nacido en Nicaragua sin brazos, como consecuencia de la talidomida, alcanzó reconocimiento internacional el 15 de septiembre de 1987, durante un multitudinario encuentro con jóvenes en el Universal Amphitheatre de Los Ángeles, que reunió a más de seis mil personas en el marco de la visita pastoral de San Juan Pablo II a los Estados Unidos, Tony Meléndez interpretó la guitarra con sus pies en una escena que marcaría un hito a nivel global.

Aquel momento rompió toda estructura formal. Conmovido por la interpretación de "Never Be the Same", su Santidad decidió descender del escenario, provocando un movimiento de desconcierto y visible preocupación entre sus custodios y miembros de seguridad, quienes intentaron en vano mantener los perímetros de protección. 

Sin embargo, el gesto del Papa fue más fuerte que cualquier formalidad: avanzó con determinación hasta Tony y lo abrazó. No fue un gesto menor. Fue un acto de reconocimiento que trascendió lo musical para situarse en un plano profundamente humano, mientras lo instaba con firmeza a seguir inspirando a la humanidad: *"Eres un joven muy valiente. Estás dando esperanza a todos nosotros"*. En ese abrazo no solo se validaba una habilidad extraordinaria; se reconocía una forma de estar en el mundo.

Su influencia también trascendió el ámbito espiritual y alcanzó reconocimiento institucional en la Casa Blanca en 1988*, donde el Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, le otorgó el "Special Recognition Award", destacándolo como un modelo positivo de esperanza y resiliencia. Desde entonces, Meléndez ha recorrido decenas de países compartiendo su testimonio, no solo como músico, sino como un referente en el campo del desarrollo humano. 

Sin embargo, describirlo como un caso de superación personal resulta insuficiente. Meléndez no se limita a compensar una condición; redefine el marco desde el cual esa condición es interpretada. Y allí radica su verdadero valor.

El momento decisivo: liderazgo sin protocolo.
Al tomar conocimiento de su presencia, solicité a mis anfitriones la posibilidad de coordinar una reunión privada con él, entendiendo el valor excepcional que representaba poder dialogar en un espacio de cercanía. Una vez acordado el encuentro, al ingresar a su habitación, enfrenté una duda profundamente humana: ¿cómo saludar a alguien cuya biografía desafía las normas implícitas de interacción? 

La respuesta no surgió de una técnica aprendida, sino de una decisión inmediata: me acerqué y lo abracé. Ese gesto contenía una lección estructural: el liderazgo no siempre se expresa en decisiones complejas, sino en la capacidad de actuar sin quedar atrapado en la incomodidad del contexto. En ese instante, la “limitación” dejó de organizar la escena. Solo quedaron dos personas en relación.

Evidencia, no discurso: La trascendencia de un trazo.
Durante la conversación, le compartí el impacto que su historia había tenido durante años en mis alumnos de la Maestría en Coaching y Cambio Organizacional de la USAL y en ejecutivos de distintas organizaciones. Fue entonces cuando ocurrió una escena que resignificó, con total claridad, aquello que durante años había trabajado conceptualmente. Al entregarle un folleto de nuestra carrera de posgrado, Tony se levantó, se dirigió hacia su biblioteca y tomó un libro de su autoría.

El título parecía sintetizar toda nuestra conversación: "No me digas que no podés". Regresó, volvió a sentarse y con una naturalidad que desarmaba cualquier prejuicio, tomó un marcador. Apoyó el libro en el piso y con sus pies ejecutó una secuencia de movimientos de notable precisión para escribir una dedicatoria personal: "Jorge, que Dios te bendiga”.

Observar ese trazo firme sobre el papel fue mucho más que ver una conducta "extraordinaria”; fue asistir a una liturgia de la voluntad. En esa caligrafía no había rastro de esfuerzo agónico ni de victimización, sino la manifestación de una maestría construida a través de años de disciplina deliberada. 

En ese momento, comprendí que la verdadera trascendencia del mensaje de Tony Meléndez no residía en sus palabras, sino en la autoría absoluta de sus actos. Reconocí un modo de estar en el mundo con el cual me siento profundamente identificado: aquel donde no se pide asistencia para cumplir el propósito, sino que se asume la responsabilidad de encarnarlo. No hubo énfasis ni teatralidad. Meléndez no explicó su enfoque. Lo hizo carne frente a mis ojos.

Tres dimensiones del liderazgo sin excusas.
A partir de esa experiencia, es posible identificar, entre otras, tres dimensiones críticas para comprender un liderazgo que no delega en las circunstancias:

1. Resiliencia estructural: No entendida como la capacidad de resistir, sino como la decisión sostenida de construir sentido aún en condiciones adversas. La trayectoria de Tony expresa una resignificación constante del límite. La resiliencia es la plataforma desde la cual se construye toda posibilidad de acción con sentido.

2. Soberanía personal: La identidad no se organiza en torno a la restricción, sino al propósito. Meléndez no delega en sus circunstancias la definición de quién es, sino que ejerce autoría plena sobre su propia vida.

3. Disciplina sostenida: La destreza observable no es una excepcionalidad espontánea, sino el resultado de una práctica deliberada. No hay épica sin estructura.

Conclusión: el fin de la excusa.
Tony Meléndez no enseña a superar la adversidad. Plantea algo más desafiante: asumir la responsabilidad de quién decidimos ser frente a ella. En ese punto, el liderazgo deja de ser una técnica para convertirse en una posición ética ante la existencia.

En un contexto donde la inteligencia artificial amplifica capacidades de manera exponencial, el riesgo no radica en la tecnología, sino en la fragilidad del carácter desde el cual se la utiliza. Sin resiliencia, la tecnología amplifica la inconsistencia. Con ella, se convierte en una herramienta al servicio de decisiones con sentido. Allí se define, en última instancia, la calidad del liderazgo.

Este tipo de experiencias refuerza el compromiso que sostenemos en nuestras carreras de posgrado de la Universidad del Salvador: formar profesionales capaces no solo de adquirir herramientas, sino de desarrollar criterio, responsabilidad incondicional y una gestión orientada por un propósito trascendente.

 

(*) Jorge Cámpora, Ph.D., Director de la Maestría en Coaching y Cambio Organizacional y de la Especialización en Liderazgo y Desarrollo Personal de la Universidad del Salvador (USAL) en el marco del “Día Internacional de las Personas con Extremidades Diferentes”, que se conmemora cada 12 de abril

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