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A sala llena: la Orquesta de la USAL brilló en el Palacio Libertad con un concierto histórico

En el marco del 70º Aniversario de la Universidad del Salvador, el Palacio Libertad fue testigo de una noche histórica. La Orquesta Sinfónica de la USAL y el Coro Nacional de Música Argentina rescataron del olvido la "Misa por la Paz y la Justicia", la pieza que el propio compositor santafesino consideraba su creación más perfecta y entrañable.

Hay momentos en los que el arte deja de ser un simple espectáculo para convertirse en un canal de pura espiritualidad, memoria y encuentro. Eso fue lo que sucedió este fin de semana en el Auditorio Nacional del Palacio Libertad completamente colmado. Los murmullos de la expectativa se transformaron en un silencio reverencial y, finalmente, en una ovación unánime cargada de lágrimas y emoción profunda. El motivo no era menor: se estaba haciendo justicia poética e histórica con una joya musical de nuestra tierra.

Mientras el mundo entero coreó y entronizó a la célebre Misa Criolla, Ariel Ramírez albergaba en su intimidad una convicción inquebrantable: su verdadera obra maestra, su creación más madura, compleja y cercana al corazón, era otra. Se trataba de la “Misa por la Paz y la Justicia”. Nacida en 1979 a raíz de un pedido humanitario y civil en tiempos difíciles, la obra, pese al amor que su autor le profesaba, quedó relegada con los años al olvido del gran público. Hasta ahora.

Para conmemorar el 70º Aniversario de la Universidad del Salvador (USAL), la Universidad asumió el enorme desafío y compromiso cultural de rescatar este tesoro. La puesta en escena combinó una ambición técnica monumental con una sensibilidad interpretativa a flor de piel. Con una adaptación exclusiva para orquesta sinfónica realizada por Juan Esteban y Juan Carlos Cuacci, la música tradicional fluyó hacia una sonoridad universal e imponente. La primera mitad de la velada preparó el clima a la perfección, rindiendo honores al continente con el vibrante y jazzístico Concierto para piano en Fa de George Gershwin, interpretado con brillantez por el pianista Santiago Rosso.

Lo que se vivió luego sobre las tablas fue mucho más que una ejecución técnica perfecta; fue una comunión de almas. Bajo la dirección magistral, atenta y sensible de la maestra Gabriela Gariglio, la Orquesta Sinfónica de la Universidad del Salvador abrazó cada compás litúrgico fusionado con el folclore nativo. En ese escenario, cada movimiento parecía respirar al unísono con las voces del Coro Nacional de Música Argentina (CONAMA), dirigidas por Emiliano Linares. No había distinciones entre profesionales consagrados y jóvenes talentos universitarios: en esa sala colmada, todos se convirtieron en guardianes de un legado, soplando el polvo del tiempo sobre una partitura para transformarla en un fuego vivo que abrigó a cada espectador.

Las voces de los solistas vocales Flor Bobadilla Oliva y Simón Fahey operaron como un bálsamo ancestral que conectó directamente el cemento de la gran ciudad con la tierra adentro. Sus interpretaciones, despojadas de cualquier artificio y cargadas de una honestidad interpretativa desgarradora, le dieron cuerpo a ese ruego de convivencia que Ariel Ramírez diseñó originalmente. Acompañados por la riqueza sinfónica adaptada por los maestros Cuacci, los solistas envolvieron el auditorio en una atmósfera mística e inolvidable, logrando que el folclore local adquiriera una dimensión universal y demostrando que cuanto más profunda es la raíz de un canto, más alto vuela su mensaje.

El clímax de la noche llegó con la obra de Ramírez. En cada acorde de la Misa por la Paz y la Justicia, el público no solo escuchó música; sintió un ruego vivo, un mensaje de convivencia y esperanza que traspasó los instrumentos y caló hondo en las fibras de cada asistente. Aquella frase de Ariel Ramírez, “No pido paz con gritos ni con odio, sino con amor”, pareció flotar en el aire del Palacio Libertad.

La mística del encuentro alcanzó su punto más alto y conmovedor con la presencia en el auditorio de Facundo Ramírez, destacado músico e hijo del célebre compositor. Su mirada atenta desde la platea y su profunda emoción al concluir el concierto no hicieron más que revalidar el carácter sagrado de la velada. Para Facundo, ver la obra más amada y custodiada por su padre cobrar vida con semejante magnificencia sinfónica significó un acto de estricta justicia familiar y artística, uniendo el orgullo del legado de sangre con la gratitud hacia una interpretación que respetó la esencia más pura de Ariel.

De hecho, hubo momentos de un recogimiento tan absoluto en el Auditorio Nacional que el crujir de las maderas del Palacio Libertad parecía parte de la misma liturgia folclórica. Cuando las últimas notas se desvanecieron en el aire, pasaron varios segundos de un silencio casi sagrado antes de que estallara la ovación final. En ese instante suspendido, las lágrimas contenidas en los ojos de los asistentes y las miradas cómplices entre los músicos confirmaron lo inevitable: Ariel Ramírez había vuelto a casa, y su obra más amada finalmente descansaba en el corazón de su pueblo.

Celebrar 70 años de historia implica, inevitablemente, mirar hacia atrás para honrar lo que nos define, pero también abrir ventanas hacia el futuro. Con este concierto histórico, la Universidad del Salvador no eligió el camino fácil de la repetición; eligió el camino de la memoria activa y el rescate cultural. Al desempolvar la obra maestra oculta de Ramírez, la USAL demostró que la academia adquiere su máximo sentido humano cuando se vuelve un puente directo con la identidad de nuestra tierra, recordándonos que la búsqueda de la paz y la justicia no es una utopía del pasado, sino un compromiso que se renueva en cada aula y en cada acorde. La "obra maestra oculta" finalmente vio la luz ante una sala llena que la consagró, setenta años después, como el mensaje que nuestro tiempo tanto necesitaba escuchar.



Fotos: Secretaría de Prensa USAL – Dirección Nacional de Elencos Estables @elencosestables – PH @santicuore

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