Entrevista a Érica Walter: la mujer que hizo que su Facultad se convirtiera también en su hogar.
El auditorio estaba lleno. Era febrero de 1988 y decenas de ingresantes ocupaban las butacas de la ex Facultad de Ciencias de la Educación y la Comunicación Social, durante una charla de bienvenida. Erica Walter, sentada en las últimas filas, apenas hablaba. Tenía 17 años y acababa de llegar sola a Buenos Aires desde el sur del país. La ciudad todavía le resultaba desmesurada: el ruido, la velocidad, los colectivos y la cantidad de gente. Todo parecía ocurrir rápido.
Escuchaba a la Dra. Mercedes “Mecha” Terrén hablar sobre la historia de las Universidades cuando un grupo empezó a hacer ruido detrás suyo. Érica se dio vuelta para pedir silencio y entonces ocurrió el malentendido porque la Profesora Terrén pensó que ella era parte de la interrupción y le llamó la atención. La escena duró segundos, aunque ella todavía la recuerda con nitidez. Esa noche pensó en volver a su casa.
El contexto no ayudaba. Su padre acababa de perder el trabajo y el esfuerzo económico que su familia hacía para sostenerla estudiando en Buenos Aires era enorme. Vivía en una residencia universitaria estricta, lejos de cualquier familiar, en una época donde la distancia no podía acortarse con mensajes instantáneos. Las llamadas telefónicas eran breves y costosas; las noticias viajaban lento.
Hasta llegar ahí también había existido otro recorrido. La infancia de Walter estuvo marcada por mudanzas constantes a causa del trabajo de su padre. Pasó por distintos lugares del país, incluso escuelas rurales, y aprendió desde chica a adaptarse a entornos nuevos. En su casa, sin embargo, había una certeza estable: “estudiar era importante”. Su padre, Ingeniero Aeronáutico, y su madre, Contadora Pública, habían sido los primeros universitarios dentro de sus familias. La universidad no aparecía como una excepción, sino como parte natural del futuro.
Aunque encontrar una vocación le llevó tiempo. Durante la secundaria leía compulsivamente y escribía mucho, pero ninguna carrera tradicional terminaba de convencerla. La carrera de Derecho le parecía demasiado rígida; Medicina y Economía no despertaban interés. Los tests vocacionales insistían con Historia o Abogacía, aunque ella seguía sin verse en ningún lugar. Hasta que un día su madre llegó con unos folletos de “Periodismo” de la Universidad del Salvador (USAL). La palabra abrió algo inmediato. Por primera vez apareció una carrera capaz de reunir todo lo que le gustaba: escribir, observar, preguntar y comunicar.
En octubre de 1987 viajó sola a Buenos Aires para hacer la preinscripción. Fueron 24 horas arriba de un colectivo y una ciudad completamente desconocida esperándola del otro lado. Meses después regresó para rendir el ingreso que fueron cinco materias eliminatorias y apenas 300 vacantes. Quedó seleccionada y comenzó una historia que, más de tres décadas después, todavía continúa dentro de la misma Universidad.
La Universidad como refugio
Al día siguiente de la llamada de atención en el auditorio, Érica Walter decidió acercarse a pedir disculpas. Lo que parecía una situación incómoda terminó convirtiéndose en uno de los vínculos más importantes de su vida. Terrén entendió rápidamente que aquella chica tímida del interior estaba sola en una ciudad nueva. Poco a poco empezó a integrarla a distintas actividades dentro de la Facultad. Walter ayudaba a repartir boletines, colaboraba con tareas administrativas y encontraba excusas para quedarse cada vez más tiempo en el edificio de la Facultad.
Años después, cuando habla de la Universidad, sigue utilizando la misma palabra:“familia”. No lo dice desde un lugar simbólico o institucional. Habla de una pertenencia concreta, cotidiana, construida en los pasillos, las oficinas y las horas compartidas. La Universidad terminó ocupando un lugar en su vida adulta: allí estudió, trabajó, enseñó y construyó vínculos que todavía continúan.
Con el tiempo, la Profesora Mercedes Terrén se volvió una figura decisiva en su formación profesional y personal. Walter la describe como una mujer extremadamente exigente, frontal y profundamente comprometida con la Universiad. Cuando años después tuvo que escribir un texto tras su fallecimiento, intentó evitar el homenaje solemne y vacío. Quería retratarla como era: una mujer intensa, demandante y convencida de que educar también implicaba exigir.
Esa marca aparece todavía hoy en su manera de trabajar y también en el modo que entiende la relación entre la formación académica y la responsabilidad profesional. Erica Walter suele insistir en la importancia de asumir la propia palabra en carreras vinculadas con la comunicación. Para ella, escribir un mail, redactar una nota o responder un mensaje no son actos menores, sino que forman parte de la construcción profesional de un periodista.
Aprender el oficio
Mientras cursaba tercer año, Walter comenzó el Ciclo Pedagógico Universitario (CPU) y dio sus primeros pasos en la docencia. Al mismo tiempo empezó a trabajar en las redacciones. Recuerda aquellos años como una época de intensidad absoluta: jornadas larguísimas, noches de cierre y pocas horas de sueño. Trabajó en el Diario “La Prensa” donde convivió con periodistas experimentados, máquinas de escribir y computadoras que recién empezaban a modificar las dinámicas de trabajo.
En una de sus primeras experiencias periodísticas recorría barrios porteños entrevistando vecinos y detectando problemáticas cotidianas. Caminaba por calles desconocidas, conversaba con comerciantes, jubilados, clubes de barrio y referentes vecinales. De esas recorridas nació “Mi barrio es así”, una sección que mezclaba historias barriales, encuestas y crónicas urbanas. Allí terminó de construir una manera concreta de entender el periodismo: mirar lo que otros no miran.
Suele definir al Periodismo como “el mejor oficio del mundo”. Y aunque aclara que no coincide completamente con la idea de Gabriel García Márquez respecto de que el Periodismo sea una forma de ficción, sí cree que existe algo artesanal en la profesión. Para ella, el motor principal sigue siendo la curiosidad. La necesidad de preguntar por qué ocurren las cosas, comprender los contextos y encontrar la manera más precisa de narrarlos.
Esa idea también atraviesa su mirada sobre la Universidad. Érica Walter rechaza las visiones puramente utilitarias de la educación y cuestiona la lógica de pensar las carreras únicamente desde la demanda del mercado. Sostiene que las universidades tienen la responsabilidad de formar profesionales capaces de interpretar realidades complejas y hacer visibles problemáticas que muchas veces permanecen ignoradas. En la entrevista menciona, a modo de ejemplo, el caso de un periodista que visibilizó la historia de un chico que debía caminar durante horas y atravesar un arroyo para llegar a la escuela. El comunicador no construía el puente que faltaba en esa zona, pero sí lograba mostrar la necesidad de que existiera.
La ética de la palabra
Quienes pasaron por sus clases suelen asociarla con cierta exigencia y rigurosidad especialmente en relación con la escritura y las formas de comunicar. Pero detrás de esa exigencia no aparece una lógica punitiva, sino pedagógica. Para ella, un Periodista trabaja con palabras y debe aprender a hacerse cargo de ellas.
La palabra aparece constantemente en su discurso. No habla sólo de gramática o formalidad. Habla de identidad, responsabilidad y credibilidad. Cree que existe una diferencia enorme entre opinar y ejercer la comunicación. Un periodista –sostiene– no puede limitarse a repetir información o escribir sin precisión. Tiene la responsabilidad de verificar, comprender y construir sentido.
Por eso también insiste en la importancia de la formación profesional en un contexto atravesado por la sobreinformación, las redes sociales y la inteligencia artificial. Considera que la credibilidad sigue dependiendo de la capacidad de un comunicador para sostener criterios propios, contextualizar información y asumir responsabilidad sobre lo que publica.
Con los años pasó de Ayudante a Profesora, luego Directora de la Licenciatura en Periodismo y finalmente Secretaria Académica. Durante gran parte de ese recorrido estuvo al frente de materias como Documentación y Periodismo de Investigación –que más tarde se convirtió en Periodismo de Investigación. Su recorrido dentro de la Universidad avanzó al mismo ritmo que la transformación de la propia Facultad, especialmente después de la integración entre Ciencias Sociales y Ciencias de la Educación y Comunicación Social.
Claves, Asterisco y la necesidad de escribir
A fines de los años noventa Walter impulsó uno de los proyectos que mejor sintetizan su manera de entender la formación periodística: revistas hechas por y para estudiantes. La primera fue Claves, publicada en 1997. La idea surgió como respuesta a otras experiencias estudiantiles más improvisadas. Érica quería construir un espacio periodístico real, donde los alumnos pudieran practicar entrevistas, escribir notas, editar textos y enfrentarse a las dinámicas concretas de una publicación.
El primer número incluyó entrevistas a figuras reconocidas, como Nancy Pazos y Fernán Saguier. Sin embargo, sostener una revista gráfica en la Argentina de esos años resultaba complejo. La inflación golpeaba constantemente los costos de impresión: muchas veces, cuando lograban reunir el dinero necesario, los presupuestos ya habían quedado desactualizados.
Tiempo después el proyecto reapareció bajo otro nombre: Asterisco. Walter insistió en que tanto el nombre como el logo fueran elegidos por los propios estudiantes mediante un concurso abierto. La intención era que la revista no naciera desde arriba, sino desde los alumnos. Durante días circularon propuestas, ideas y bocetos. Los estudiantes discutían nombres posibles, pensaban identidades visuales y votaban alternativas hasta terminar de construir en comunidad una publicación que todavía no existía de manera física, aunque ya empezaba a consolidarse como espacio de pertenencia.
Con los años Asterisco dejó de ser solamente una revista estudiantil para convertirse en un verdadero espacio de formación profesional. Muchos alumnos publicaron allí sus primeros textos, hicieron entrevistas, aprendieron a editar y comenzaron a construir un portfolio. Walter suele recordar que varios exalumnos consiguieron trabajo mostrando sus producciones realizadas para la revista.
El proyecto atravesó distintos formatos –tabloide, revista color, portal web– y sobrevivió a varias crisis económicas, transformaciones tecnológicas y cambios dentro de la propia Facultad. Incluso hoy continúa funcionando como plataforma de producción periodística, dirigida por la Prof. Lic. Laura Díaz y la Lic. Fiorella Palmucci, para nuevas generaciones de estudiantes.
Viajar, mirar y fotografiar
Fuera de la Universidad, Walter encuentra en los viajes y en la fotografía otra forma de observación. Le gusta recorrer ciudades, registrar escenas mínimas y mirar detalles urbanos que muchas veces pasan desapercibidos. Durante esos viajes suele reencontrarse con exalumnos que hoy viven o trabajan en distintas partes del mundo y que la invitan a conocer oficinas, proyectos o espacios donde desarrollan sus carreras.
Habla de esos encuentros con una mezcla de orgullo y sorpresa. Muchos de esos estudiantes pasaron apenas algunos años por sus clases y, sin embargo, décadas después siguen manteniendo el vínculo. Walter encuentra allí una de las mayores satisfacciones de su recorrido académico: comprobar que la Universidad continúa existiendo para todos ellos incluso mucho tiempo después de la graduación.
Cuando le preguntan qué consejo le daría a la chica que llegó sola a Buenos Aires en 1988, responde que: “Confiaría más en los procesos y entendería antes que ningún aprendizaje termina siendo inútil. Incluso aquellas materias que más le costaban —como matemática o estadística— terminaron resultando fundamentales años después, tanto en el ejercicio del Periodismo como en las tareas de gestión académica.”
Después de más de tres décadas dentro de la Universidad, Érica Walter sigue hablando de educación en presente. Dice que siempre tiene demasiadas ideas en simultáneo y que el tiempo nunca alcanza. La motiva pensar nuevos proyectos, reorganizar estructuras y seguir construyendo espacios para estudiantes dentro de una Universidad que, desde aquel primer día en Buenos Aires, nunca dejó de sentirla como propia.
Por Jimena Rocío Lucero, estudiante de la Licenciatura en Periodismo de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación de la Universidad del Salvador (USAL) en el marco de las prácticas educativas de capacitación.
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