Messi y el poder de la autogestión emocional: una lección para el liderazgo contemporáneo.
Mientras gran parte de la atención se concentró en los goles, las estadísticas y los resultados, algunas de las lecciones más valiosas del liderazgo suelen surgir en momentos mucho más sutiles.
El reciente partido de la Selección Argentina frente a Austria se desarrolló en un contexto particular, donde además Lionel Messi y su familia habían atravesado una semana de fuerte exposición pública a raíz de ciertos comentarios y expresiones que trascendieron el ámbito deportivo. Más allá de las opiniones que puedan existir sobre esos episodios, resulta difícil imaginar que una situación de semejante exposición no haya tenido algún impacto emocional sobre cualquier persona.
Fue precisamente en ese escenario donde surgió una de las enseñanzas más interesantes del encuentro.
Lionel Messi ejecutó un tiro penal y lo falló a los pocos minutos de haberse iniciado el partido.
Para cualquier jugador, especialmente para alguien de su trayectoria, podría haber sido un episodio incómodo. Más aún en un contexto donde cada acción era observada, analizada y amplificada por millones de personas alrededor del mundo.
Sin embargo, lo verdaderamente interesante no fue el tiro penal fallado.
Fue lo que ocurrió después.
Messi no desapareció del partido. No se dejó dominar por la frustración. No buscó compensar el error desde la ansiedad ni intentó resolverlo todo de manera individual. Continuó jugando con serenidad, mantuvo la claridad en sus decisiones y ofreció una actuación sobresaliente que resultó determinante para el rendimiento colectivo del equipo.
Allí surgió con claridad una competencia que trasciende el deporte y resulta cada vez más necesaria en las organizaciones: la autogestión emocional.
La inteligencia emocional no consiste en evitar las emociones. Consiste en reconocerlas, comprenderlas y administrarlas para que no secuestren nuestra capacidad de actuar.
Las emociones forman parte inevitable de la experiencia humana. La diferencia radica en si las utilizamos como información o permitimos que se transformen en interferencia.
En el mundo organizacional sucede exactamente lo mismo.
Un proyecto fracasa. Una negociación no prospera. Un cliente importante se pierde. Una presentación no sale como estaba prevista. Una decisión genera resultados inferiores a los esperados.
La cuestión nunca es si cometeremos errores.
El aprendizaje no surge de evitar el error, sino de la capacidad de observarlo, interpretarlo y transformarlo en una fuente de desarrollo.
La diferencia no la establece el error. La diferencia la establece la respuesta que construimos frente a él.
Muchas personas quedan atrapadas emocionalmente en el error; lo reviven una y otra vez hasta deteriorar su confianza, su foco y su capacidad de aprendizaje.
Otras desarrollan una competencia diferente: logran observar lo ocurrido, aprender de la experiencia y volver a actuar con efectividad.
Eso es resiliencia.
La capacidad de recuperar la efectividad después de la adversidad sin renunciar al propósito que orienta la acción.
No se trata de evitar el impacto de las dificultades. Se trata de impedir que las dificultades definan nuestras posibilidades futuras.
Durante años, Messi convivió con críticas permanentes, finales perdidas y expectativas extraordinarias. En más de una oportunidad fue cuestionado por aquello mismo que luego lo transformó en campeón del mundo.
Su trayectoria demuestra que el talento, por sí solo, no es suficiente.
La excelencia sostenida requiere también fortaleza emocional, capacidad de aprendizaje y resiliencia.
Quizá por eso una de las imágenes más valiosas del partido no haya sido una gambeta, una asistencia o una definición.
Quizá haya sido la capacidad de continuar compitiendo con serenidad después de haber cometido un error visible para millones de personas.
En términos de liderazgo, esta podría ser una de las enseñanzas más relevantes de su carrera.
Los líderes más efectivos no son quienes nunca fallan.
Son quienes logran sostener la claridad cuando fallan.
Son quienes pueden atravesar la incertidumbre sin perder el rumbo.
Son quienes transforman cada dificultad en una oportunidad de aprendizaje y crecimiento.
En una época caracterizada por la velocidad, la sobreexposición y la presión constante, la verdadera ventaja competitiva podría no estar solamente en el conocimiento técnico, la inteligencia artificial o la capacidad de procesar información.
Podría estar en algo mucho más humano.
La capacidad de gestionar las propias emociones, aprender de la adversidad y volver a intentarlo con la misma convicción.
Porque los errores son inevitables.
También lo son la incertidumbre, la crítica, los contratiempos y los momentos de frustración.
Ninguna trayectoria de excelencia está construida únicamente sobre aciertos.
Las historias que admiramos suelen estar cimentadas sobre derrotas, aprendizajes, perseverancia y una decisión inquebrantable de volver a intentarlo.
La verdadera diferencia aparece cuando una persona logra que las circunstancias no definan su identidad ni condicionen sus decisiones futuras.
Quizá por eso los grandes referentes no son aquellos que nunca caen.
Son aquellos que cada vez que caen encuentran una razón para levantarse.
En un tiempo que parece valorar únicamente los resultados, Messi continúa recordándonos algo esencial.
La verdadera grandeza no consiste en no fallar.
Consiste en conservar la serenidad, la convicción y el coraje necesarios para volver a intentarlo.
Y hacerlo una vez más.
Y una vez más.
Hasta transformar la adversidad en legado.
Dr. Jorge Cámpora, Director de la Maestría en Coaching y Cambio Organizacional de la Universidad del Salvador (USAL)
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