Agricultura, vocación y futuro: una mirada ignaciana sobre los desafíos del agro argentino. A propósito del Día de la Agricultura Nacional
Cuando se piensa en la agricultura argentina, se suele hablar de producción, exportaciones, innovación o competitividad. Y está bien que así sea: el agro constituye uno de los pilares del desarrollo económico y social de nuestro país. Sin embargo, quienes trabajamos y enseñamos en las Ciencias Agrarias sabemos que detrás de cada cultivo, de cada rodeo y de cada decisión productiva hay mucho más que indicadores económicos.
El agro argentino es, ante todo, una historia de personas. Personas que producen alimentos, cuidan animales, emprenden y trabajan diariamente enfrentando incertidumbres climáticas, económicas y sociales. Personas que, generación tras generación, han construido buena parte de la identidad de nuestro país.
Desde la tradición educativa ignaciana que inspira a la Universidad del Salvador, entendemos que trabajar la tierra es mucho más que desarrollar una actividad económica. Es una forma concreta de servicio a la sociedad y una oportunidad privilegiada para encontrar sentido en el trabajo cotidiano.
San Ignacio invitaba a "buscar y hallar a Dios en todas las cosas". Para quienes elegimos las Ciencias Agrarias y Veterinarias, esa invitación adquiere significado concreto. Encontramos esa presencia de Dios en la extraordinaria complejidad de los sistemas vivos, en la germinación de una semilla, en el nacimiento de un animal, en la recuperación de un suelo degradado y en el trabajo compartido con productores y comunidades. La agricultura nos recuerda permanentemente que formamos parte de una creación mucho más amplia que nosotros mismos y que estamos llamados a custodiarla.
Por eso, uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es el cuidado de la Casa Común. En un país cuya riqueza está profundamente ligada a la fertilidad de sus suelos, a la disponibilidad de agua y a la biodiversidad de sus ecosistemas, la sostenibilidad deja de ser una opción para convertirse en una responsabilidad ética. Producir alimentos sin comprometer la capacidad productiva de las generaciones futuras constituye una exigencia ineludible.
Otro concepto central de la espiritualidad ignaciana es el Magis: la búsqueda permanente de hacer las cosas de la mejor manera posible, poniendo nuestros talentos al servicio del mayor bien. El agro argentino ha demostrado históricamente una extraordinaria capacidad de innovación y mejora continua. Desde los avances en genética vegetal y animal hasta la agricultura de precisión, la biotecnología y las nuevas herramientas digitales, el sector ha sabido adaptarse y transformarse en una permanente búsqueda de excelencia. Pero el Magis nos recuerda que la excelencia solo adquiere pleno sentido cuando está orientada al servicio de las personas y al bien común.
La tradición ignaciana nos invita también al discernimiento: detenernos y reflexionar no solo qué podemos hacer tecnológicamente, sino qué debemos hacer. La innovación adquiere verdadero sentido cuando se pone al servicio de las personas y del desarrollo sostenible. La tecnología, por sí sola, no resuelve los desafíos del futuro; requiere ser orientada por criterios éticos. Esta reflexión adquiere especial relevancia en la formación de los futuros profesionales. Hoy no alcanza con formar excelentes técnicos. Necesitamos ingenieros agrónomos y médicos veterinarios capaces de comprender sistemas complejos, trabajar interdisciplinariamente, liderar procesos de transformación y tomar decisiones prudentes en escenarios cada vez más dinámicos e inciertos.
Las trayectorias de quienes hoy se forman en Ciencias Agrarias y Veterinarias son cada vez más diversas. Conviven estudiantes que crecieron en el campo con otros que descubren su vocación desde contextos urbanos y llegan a la universidad motivados por el interés en la producción de alimentos, la salud animal, el ambiente o la sostenibilidad. Esta diversidad constituye una enorme riqueza. Las nuevas generaciones aportan miradas renovadas, nuevas sensibilidades y distintas formas de comprender el vínculo entre el campo y la sociedad. Al mismo tiempo, esta realidad nos desafía a pensar cómo construir territorios rurales dinámicos, innovadores y con oportunidades de desarrollo que permitan a cada joven elegir libremente dónde y cómo proyectar su futuro. Aquí, las universidades tenemos la responsabilidad de acompañar estas vocaciones y formar profesionales capaces de liderar los procesos de transformación que el agro argentino necesita.
El Padre Ismael Quiles sostenía que la verdadera educación debe promover la interioridad, la reflexión y el desarrollo integral de la persona. Desde esta perspectiva, aspiramos a formar profesionales competentes, pero también conscientes y comprometidos. Las Ciencias Agrarias y Veterinarias ocupan hoy un lugar particularmente sensible y estratégico, al situarse en la intersección entre la producción de alimentos, la salud animal, la salud humana y el ambiente. Por ello, el futuro del agro argentino no dependerá exclusivamente de la tecnología disponible ni de las condiciones de mercado. Dependerá, sobre todo, de la calidad humana de quienes deban tomar decisiones y liderar las transformaciones que el sector necesita.Porque, en definitiva, cultivar la tierra también implica cultivar personas. Y quizás allí resida uno de los aportes más valiosos que la tradición ignaciana puede ofrecer al agro argentino del siglo XXI.
Dentro del marco de reflexión compartida por la Dra. Marina Sansiñena, Decana, Facultad de Ciencias Agrarias y Veterinarias de la Universidad del Salvador (USAL), y en el Día de la Agricultura Nacional que se celebra el 2 de julio, la Secretaría de Prensa le consultó qué significado tiene para ella este día: “El Día de la Agricultura Nacional es una fecha nos invita a reflexionar sobre el agro no solo desde su extraordinario aporte productivo, sino también desde su dimensión humana y social.
Cada 2 de julio recordamos la sanción de la Ley de Arrendamientos y Aparcerías Rurales de 1948, una norma que marcó un antes y un después para miles de pequeños productores y familias rurales, al brindarles la posibilidad de acceder a la propiedad de la tierra. Detrás de esa ley, generaciones enteras anhelaban arraigarse y construir un futuro en el campo. Creo que esa dimensión profundamente humana sigue plenamente vigente.
Desde una Universidad con ADN Jesuita, entendemos a la agricultura no solo como una actividad económica, sino como una verdadera vocación de servicio orientada al bien común. Esta fecha es una oportunidad para agradecer a quienes, enfrentando enormes desafíos, hacen posible que los alimentos lleguen a nuestras mesas. Históricamente, el sector agropecuario ha demostrado su capacidad de adaptación e innovación. El desafío actual es seguir generando oportunidades, pero haciéndolo de una manera sostenible y comprometida con el cuidado de nuestra Casa Común”.
Sobre los principales cambios en la agricultura argentina en los últimos 20 años, la Dra. Sansiñena señaló que ha vivido una transformación extraordinaria en las últimas dos décadas. “Quienes hemos acompañado este proceso vimos cómo pasamos de una agricultura basada principalmente en la experiencia de campo a otra intensiva en conocimiento, donde conviven la biotecnología, la agricultura de precisión, la inteligencia artificial y el análisis de datos”.
Agregó que quizás el cambio más importante ha sido cultural. Durante muchos años el foco estuvo puesto en producir más, y el sector lo logró. “Hoy entendemos que el verdadero desafío es producir más y mejor, cuidando los suelos, el agua y la biodiversidad para las generaciones futuras.También cambió la mirada de la sociedad. Los consumidores quieren saber cómo producimos alimentos y exigen cada vez mayor trazabilidad y transparencia. Creo que allí reside una gran oportunidad: mostrar que el agro argentino tiene la capacidad de innovar y seguir liderando, siempre con el compromiso de cuidar nuestra Casa Común”.
Para Marina Sansiñena, de los tres desafíos más grandes que tiene el agro nacional, el primero es seguir produciendo más y mejores alimentos de una manera sostenible. “El agro argentino tiene la responsabilidad de continuar siendo uno de los motores del desarrollo del país, pero al mismo tiempo debe hacerlo preservando los recursos naturales que sostendrán a las próximas generaciones. Producir y cuidar ya no son objetivos contrapuestos; hoy son inseparables”.
Señaló que el segundo desafío es adaptarnos a un contexto climático cada vez más incierto. Sequías prolongadas, inundaciones y eventos extremos nos recuerdan permanentemente la vulnerabilidad de nuestros sistemas productivos. Necesitamos una agricultura y una ganadería más resilientes, apoyadas en ciencia, innovación y gestión responsable.
“Finalmente, y quizás el desafío más trascendente, es la formación de las personas. Ninguna tecnología podrá reemplazar la humanidad de profesionales comprometidos, capaces de integrar innovación y sensibilidad social. El futuro del agro dependerá de nuestra capacidad para formar líderes que comprendan que detrás de cada decisión productiva hay personas, comunidades y ambientes que cuidar”.
El rol que cumplen los jóvenes agrónomos en el futuro del campo de nuestro país
Los jóvenes profesionales de las Ciencias Agrarias y Veterinarias tienen un papel protagónico en el futuro del agro argentino. En las aulas vemos una generación interesada en encontrar nuevas respuestas para los desafíos del sector. Muchos no provienen de familias tradicionalmente vinculadas al agro y, lejos de ser una limitación, esto constituye una enorme riqueza. Llegan con nuevas preguntas, nuevas sensibilidades y una mirada renovada sobre la relación entre el campo y la sociedad.
Para finalizar se le consultó sobre qué consejo le daría a alguien que recién comienza la carrera de Ciencias Agrarias. Al respecto, señaló que les expresaría que aprovechen cada oportunidad para salir al campo y hacerse preguntas. “La naturaleza es una gran maestra: cuanto más la observamos, más comprendemos su complejidad y más humildes nos volvemos frente a ella. Nunca pierdan la capacidad de asombro, porque esa curiosidad será motor durante toda la vida.
También les diría que no transiten la Carrera pensando únicamente en un futuro laboral. Las Ciencias Agrarias y Veterinarias son, ante todo, profesiones de servicio. Detrás de cada decisión que tomamos hay seres, comunidades y ecosistemas que se verán afectados. Por eso, además de formarse técnicamente, es importante aprender a escuchar y a actuar con empatía.
Les aconsejaría que se animen a recorrer caminos nuevos y a salir de su zona de confort. El agro necesita profesionales capaces de construir puentes entre la ciencia y la sociedad y de trabajar junto a personas con distintas miradas y saberes”.
- Inicie sesión para enviar comentarios
