Máquina del tiempo: un viaje al corazón de la Cultura Argentina
La riqueza cultural del Museo de Arte Escenográfico “Botica del Ángel” de la Universidad del Salvador (USAL) llegó a las páginas de Clarín a través de una nota de Judith Savloff titulada “Máquina del tiempo: un viaje al corazón de la Cultura Argentina”. La publicación coincide con la celebración de los 60 años de este emblemático espacio fundado en 1966, consolidado hoy bajo la gestión de la USAL como un testimonio vivo de la memoria ciudadana, donde el pasado de nuestra cultura no pide silencio, sino que ríe y sigue vibrando con fuerza.
Esta historia arranca en 1966. Bergara abrió la primera sede de La Botica en Lima 670. Iba a ser una sastrería, pero un carpintero se equivocó, hizo una tarima enorme y Lola Membrives imaginó un escenario. Bergara lo hizo realidad, con sus alitas.De afuera, la sede de este museo escenográfico parece una iglesia. Y lo fue. Pero Bergara transformó el edificio en una máquina del tiempo, que en septiembre festejará los 60 años. El espacio propone uno de los mejores viajes por la historia de nuestra cultura: en vez de devolvernos a lo que fuimos, nos permite descubrir cuánto de aquella creatividad sigue con nosotros. Cuando se extendió la avenida 9 de Julio, la primera sede de La Botica fue demolida. Bergara compró portones, columnas y angelitos y mudó su aventura a Luis Sáenz Peña 541, CABA.
El edificio, de fines del siglo XIX, tiene 33 salas, patios, terrazas y hasta los pasillos atiborrados de obras de arte y documentos. Bajo el mismo techo están “El Circo Criollo”, con espejos deformantes, en honor a los hermanos Podestá, “esos ilusionistas que hacen las penas desaparecer” y “El Baño de Shakespeare”, donde los mingitorios tienen estampas con la cara del autor de “Romeo y Julieta”, por lo cual nadie –juran– los usó jamás. La Cocina de Doña Petrona. Documentos de Garder, de (Toulouse, de Uruguay y de acá). Manuscritos de Borges. Un vestido de Tita Merello. Un espacio para el folklore.
Conviven obras de Antonio Berni, el maestro de la pintura “social”, y una sala art nouveau, es decir, ese estilo tan “burgués” que creció en la década de 1910 en barrios cercanos al Centro donde los grupos acomodados encontraron espacio para construir casas de alquiler que no dejaran de encantar.
Adentro, entre lirios gigantes, suena Canaro y se lee: “Todo se cura con el champagne”. Sigue y sigue la lista. Hay unas 2.000 piezas y cada una guarda historias. Es imposible no sonreír, conmoverse, pensar. Y, aunque invariablemente uno se pierda, querer volver. Siempre alguna maravilla va a aparecer.
Una pregunta surge cada vez que uno recorre La Botica: ¿es la Biblia y el calefón? Sí y no. ¿Kitsch? Algo hay. José Luis Larrauri, que trabajó durante 20 años con Bergara y guía las visitas, prefiere una definición del crítico Edmundo Guibourg: Bergara fue un “armonizador de ideas”. Y aclara que se trata de un “desorden” diseñado.
Allí Susana Rinaldi empezó a cantar tango y debutó Leonardo Favio, quien resumió: “Gracias a Bergara, dejé de comer salteado”. “Una vez en la que una artista tardaba, le pidió la carátula a una espectadora y la abrió ante todo el público”, cuenta Larrauri. La improvisación pegó y se transformó en un sketch del que no se salvó ni la nieta del dictador español Francisco Franco y salió hasta en la prensa de España.
El legado de grandes artistas, con el aura de la bohemia más que el de las marquesinas, cobra vida. Por ahí andan también Quinquela Martín y Raúl Soldi. Marta Minujín. Carlos Gorriarena. Más Berni. Todos tan distintos y, como subraya Larrauri, siempre “desmidadonados”.
Berni recreó en La Botica al célebre personaje de Berni, Ramona Montiel, en un baño rodeada de frascos a los que llamó “abortos sociales”, para aludir a desigualdades. Y, como el Instituto Di Tella, semillero de vanguardia, La Botica –a la que se llamó “el Di Tella del sur”– fue clausurada.
Pero Bergara no subestimaba la magia. Y ahora Eva Duarte está junto a Libertad Lamarque. Muchos se acuerdan de que ambas se pelearon cuando filmaban “La cabalgata del circo” en 1945. No hubo cachetazo de Libertad a Eva, como dice la leyenda. Pero “La novia de América” debió brillar exiliada.
En la década de 1970, él se fue del país. Actuó para Federico Fellini en Italia. Pasó por Estados Unidos, donde expuso obras. Y en los '80 volvió. Entonces, recolectó la colección de tesoros que había distribuido entre amigos y reabrió el museo con una réplica de la obra de Berni censurada, que todavía se exhibe.
Hay de todo como en botica en La Botica. Apabulla, cierto. Pero al final uno entiende que no se trata de ordenar la cultura argentina en compartimentos sino de ponerla a conversar, como hacía Bergara mientras convidaba rosquitas.
Cuando él murió, La Botica pasó a manos de la Universidad del Salvador. Además de José Luis Larrauri, Maura Ooms y Yolanda Acuña se ocupan de que todo siga intacto, vivito y coleando. Y les sale. Una y otra vez, entre querubines risueños, la memoria abre las alas.
Para información del Museo de Arte Escenográfico “Botica del Ángel”: https://www.usal.edu.ar/boticadelangel/ o el Instagram: @usalboticadelangel
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