Ajedrez: educación y pensamiento estratégico en la Universidad
Jorge Carlos Antonio es profesor de Ajedrez en la Universidad del Salvador (USAL) y socio vitalicio del centenario Club Argentino de Ajedrez. Su trayectoria se caracteriza por la articulación entre la práctica competitiva del ajedrez y la gestión institucional, ámbitos en los que se desempeñó durante más de diez años como jugador y dirigente.
En el plano internacional, participó en torneos disputados en Italia y España, y formó parte del equipo técnico argentino como asistente en la Olimpiada de Ajedrez de Dresde 2008. En la actualidad, ejerce el cargo de vicepresidente de la Fundación Ajedrez Internacional, desde donde impulsa iniciativas orientadas a la formación, la enseñanza y la proyección cultural del ajedrez.
En diálogo con la Secretaría de Prensa de la Universidad del Salvador (USAL), el Maestro FIDE reflexionó sobre su trayectoria, su experiencia docente y los aportes del ajedrez en el ámbito universitario.
¿Cuál es su formación educativa y cómo comenzó su vínculo con el ajedrez?
Soy contador y martillero público, es decir, me dediqué durante toda mi vida a trabajar más que al ajedrez que siempre me acompañó como hobby. En algún momento lo practiqué de manera más profesional, pero desde los 13 o 14 años estuve vinculado al ajedrez como cualquiera que juega un deporte: la carrera profesional sigue, pero uno siempre está igualando y tratando de practicar en la medida de lo posible.
¿Qué etapas destacaría de su recorrido profesional antes de incorporarse a la USAL?
En la época en la que me dediqué a jugar más torneos tuve la posibilidad de obtener el título de Maestro FIDE (MF), que es un reconocimiento que otorga la Federación Internacional de Ajedrez cuando se alcanzan los 2300 puntos de ranking. Fue una gran satisfacción personal, ya que para lograrlo se necesita una dedicación semiprofesional al juego.
Si bien lo obtuve después de los 35 años, porque trabajaba y estudiaba y resultaba muy difícil hacerlo en paralelo, cuando terminé la universidad retomé el ajedrez con mayor seriedad y participé en torneos importantes, en los que fui sumando los puntos necesarios para alcanzar el título.
Siempre fue un ir y venir entre el trabajo, la profesión y el ajedrez, que estuvo presente tanto en mi vida profesional como personal.
¿Hubo algún maestro, torneo o experiencia clave que marcó su camino en la enseñanza del ajedrez?
Tuve varios entrenadores, a quienes contraté ya de grande, porque de chico no contaba con los recursos necesarios. La contratación de entrenadores de ajedrez es complicada y costosa: yo vivía en Lomas de Zamora y los profesores estaban en Buenos Aires, lo que implicaba no solo un costo económico, sino también el traslado.
Pude hacerlo una vez que terminé la carrera universitaria y tuve la suerte de tomar muchas clases con Pablo Ricardi, quíntuple campeón argentino y gran maestro internacional de ajedrez, en el Club Argentino. También entrené con Facundo Quiroga, otro maestro internacional. Hubo varios entrenadores que me ayudaron mucho y, sobre todo, para lograr grandes progresos resulta casi imprescindible contar con un entrenador.
¿Qué significa para usted ser profesor de ajedrez en la USAL?
Es una experiencia muy linda. Previamente, como contador, di clases en varias oportunidades, tanto en la Universidad de Buenos Aires (UBA) como en la Universidad de Lomas de Zamora (UNLZ) y en la Universidad FASTA, en Mar del Plata. La docencia dentro de mi carrera de grado, que incluye mucha contabilidad y economía, siempre me gustó.
En el ajedrez la dinámica es diferente porque pertenece al ámbito del deporte: los chicos no vienen a aprobar una materia ni a estudiar para un parcial, sino a divertirse y pasarla bien, como sucede en el fútbol, el vóley o el hockey. La enseñanza es más amplia y la relación con los alumnos cambia, porque no se trata de transmitir conocimientos para luego rendir un examen.
En los torneos se nota quién se prepara y quién se esfuerza, porque el ajedrez tiene esa particularidad: a quien se dedica más le va mejor. No hay exámenes, sino torneos en los que se juegan seis partidas y quien entrenó más suele obtener mejores resultados. Es similar al fútbol: quienes entrenan durante la semana llegan preparados al partido del sábado, mientras que quienes no lo hacen generalmente no rinden de la misma manera. En ese sentido, el ajedrez comparte muchas lógicas con otros deportes.
¿Con qué perfil de estudiantes se encuentra en las clases y qué lo sorprende de ellos?
El perfil es muy variado. Tengo alumnos de todas las edades, desde 18 hasta 25 años o más; algunos son graduados que continúan practicando la actividad en la USAL. También hay chicas y chicos a quienes les gusta el ajedrez en general: algunos tienen experiencia en clubes y otros solo la experiencia del juego familiar con el padre, el abuelo, un tío o un primo. Esa diferencia se nota.
El mayor desafío para mí consiste en lograr una clase entretenida para distintos niveles, porque cuando el grupo avanza mucho, quien tiene menos conocimientos puede quedar desfasado en comparación con quien ya sabe más. Por eso intento equilibrar para que la experiencia resulte divertida para todos. Las preguntas no me molestan, el ambiente es tranquilo y trabajamos de manera colaborativa. No se trata de aprobar ni de demostrar quién ve más en una posición.
¿Qué aportes del ajedrez considera más valiosos para estudiantes universitarios de distintas carreras?
El ajedrez es un deporte que ayuda a ordenar el pensamiento, ya que requiere cierto orden para abordar el aprendizaje y fomenta un razonamiento matemático y estructurado. Una de las cuestiones que trabajamos es la estructura de peones, que constituye el esqueleto de la posición. El juego tiene diferentes etapas: la apertura, en la que se acomodan los peones; el medio juego; y el final.
Para llegar a esas instancias resulta fundamental, desde la apertura, ubicar bien los peones —que funcionan como el alambrado de la posición— y desarrollar correctamente las piezas. En su libro “Cómo la vida imita al ajedrez”, Kasparov sostiene que lo más importante en el ajedrez es el desarrollo, porque si los primeros movimientos no se realizan de manera adecuada, los errores se arrastran durante toda la partida.
Algo similar ocurre en la vida: lo que se hace durante los primeros 15 o 20 años, como no terminar el secundario o dedicar demasiado tiempo a la diversión, luego cuesta corregirlo.
El ajedrez transmite la idea de que existe un momento óptimo para cada cosa. Esto no significa que no se puedan hacer más adelante, pero nunca resultan iguales a cómo podrían haber sido en ese momento preciso.
¿Hay alguna anécdota memorable de sus clases en la Universidad que pueda compartir?
Vivimos muchas situaciones lindas con los chicos. En una oportunidad se sumaron varias chicas de Medicina para aprender a jugar; realmente no sabían mover las piezas y eso resultó muy divertido para el resto del grupo, porque tuvimos que empezar desde cero, enseñando el movimiento de caballos, peones y torres. Fue una gran satisfacción, tanto para mí como para ellas, ya que lograron aprender a jugar y ganar partidas en los torneos de DAVOS.
También tengo anécdotas de entrenadores míos que vinieron a compartir alguna clase. Recuerdo especialmente una charla con el maestro Bent Larsen, quien decía que la defensa india del rey era posicionalmente incorrecta. Cuando le preguntamos por qué, respondió que ofrecía buenas posibilidades prácticas. Nos reíamos mucho, porque en la vida ocurre algo similar: a veces uno sabe que ciertas decisiones son riesgosas o no son las ideales, pero funcionan en la práctica. El ajedrez enseña a asumir riesgos, porque para ganar resulta muy difícil transitar siempre el camino más seguro; en ocasiones hay que pisar alguna piedra floja. Eso implica tener un plan mejor que el del rival, que en algún momento también deberá asumir riesgos.
¿Qué objetivos tiene para seguir desarrollando el ajedrez dentro de la USAL?
Seguir por el camino del entrenamiento y lograr que los chicos comprendan que quien entrena más obtiene mejores resultados, cada uno dentro de su propio nivel. Por suerte, cuento con mucho material y suelo recomendar libros acordes al nivel de cada alumno para que continúen su desarrollo.
Ese es el objetivo principal. Si además logramos mejorar nuestro rendimiento en los torneos de DAVOS, dependerá mucho de la camada que venga. Tuvimos épocas de muy buenos resultados; sin embargo, la actual no es de las mejores, ya que hay varios alumnos que todavía se encuentran en proceso de aprendizaje.
Por Jimena Rocío Lucero, estudiante de la Licenciatura en Periodismo de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación de la Universidad del Salvador (USAL) en el marco de las prácticas educativas.
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