El amor como estilo de vida
En la narrativa corporativa habitual, la palabra "amor" suele ser exiliada por parecer blanda, poco profesional o excesivamente íntima. Sin embargo, al estudiar las organizaciones más longevas de la historia, descubrimos una paradoja fascinante: el amor no es una debilidad, sino el adhesivo más potente para el alto desempeño.
El modelo de liderazgo de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola hace más de 485 años, fue analizado por Chris Lowney y no sitúa su éxito en la táctica, sino en cuatro pilares existenciales: el autoconocimiento, el ingenio, el amor y el heroísmo. De ellos, el amor es quizás el más disruptivo para la mentalidad contemporánea.
No se trata de un adorno ético ni de una expresión romántica, sino de un “principio rector que orienta la manera de gestionar, convivir y contribuir al bien común” que impacta directamente en el propósito, la cultura organizacional y la calidad de las relaciones.
En esta visión, el amor trasciende el afecto superficial. Se define como la decisión consciente y sostenida de querer el bien del otro, reconocer su dignidad y comprometerse con su desarrollo pleno. Esta actitud se traduce en prácticas concretas:
Una visión profunda: Permite comprender al otro no como un recurso fungible, sino como un ser humano con historia y talentos.
Confianza genuina: Donde la lealtad reemplaza al miedo como motor del compromiso.
Un propósito compartido: Un “para qué” organizacional y social que oriente las decisiones hacia el desarrollo humano sostenible, entendiendo que la eficiencia es consecuencia y no único fin.
Bajo esta óptica, el amor se convierte en un verdadero criterio de decisión. La autoridad deja de imponerse por rango y comienza a ganarse por coherencia.
Esta filosofía no es teórica. Fue encarnada de manera ejemplar por el empresario argentino Enrique Shaw, recientemente declarado "Venerable" por el Papa Francisco, un paso decisivo en su proceso de canonización.
Al frente de Cristalerías Rigolleau, Shaw demostró que la excelencia empresarial y la profundidad espiritual no son caminos divergentes. Su gestión fue la aplicación práctica del amor como estilo de liderazgo y el avance de su causa en Roma envía un mensaje potente al mundo corporativo actual: la Iglesia reconoce que gestionar una empresa cuidando la dignidad de las personas es una forma de "virtud heroica".
Enrique Shaw nos recuerda que el líder puede trascender a través de sus decisiones ejecutivas, transformando la fábrica o la oficina en un espacio de desarrollo humano.
La Anatomía del Impacto: ¿Por qué funciona?
¿Qué ocurre realmente en la dinámica de un equipo cuando el amor se convierte en estilo de vida? La respuesta atraviesa dimensiones críticas que validan este enfoque:
a) Dimensión Emocional: Brinda seguridad ya que la gestión sustentada en el miedo paraliza; la forjada en el amor habilita. Cuando una persona sabe que su líder busca su bien común, la ansiedad disminuye y se crea el espacio de seguridad necesario para trabajar y vivir mejor.
b) Dimensión Conductual: Solo quien se siente respaldado se atreve a proponer cosas nuevas e innovar. El interés genuino del líder actúa como una base sólida que permite el "riesgo inteligente", liberando el potencial creativo que la burocracia suele apagar.
c) Dimensión Relacional: El liderazgo tradicional mecanicista crea transacciones "yo te pago, tu cumples"; el liderazgo basado en el amor crea vínculos. Rompe los silos porque nos hace ver al otro no como un competidor, sino como un aliado en un propósito común.
El amor en el mundo contemporáneo:
Aplicar hoy este enfoque implica incorporar al menos tres lineamientos directivos:
a) Escucha activa para comprender la verdadera dimensión de las personas más allá de su función productiva.
b) Respeto irrestricto por la dignidad humana, incluso —y especialmente— en el momento de tomar decisiones difíciles o de disenso.
c) Construcción de comunidad donde colaborar sea una forma natural de convivir y ser parte.
Este enfoque no debilita la exigencia. Por el contrario, al validar la humanidad de cada ser humano, el líder desbloquea una motivación intrínseca: el deseo de dar lo mejor de uno mismo, no por obligación, sino por compromiso.
Cuando el amor deja de ser un sentimiento privado y se vuelve criterio público de decisión, el liderazgo cambia de calidad. Ya no se trata solo de administrar recursos, sino de cultivar talentos y voluntades.
Liderar se convierte entonces en una oportunidad diaria de impactar positivamente en el entorno. Es comprender que el lugar donde trabajamos puede ser un espacio donde las personas no solo producen, sino que crecen, se dignifican y encuentran sentido.
Ese es el verdadero giro que propone esta visión: entender que la gestión no termina en el balance financiero, sino en la huella humana que dejamos en el equipo.
Porque cuando un líder decide liderar con esta convicción, comienza a gestarse algo mucho más grande que una buena administración: comienza a construirse una verdadera comunidad.
Y esa construcción empieza hoy, en la forma en que elegimos mirar, escuchar y tratar a la próxima persona que se cruce en nuestro camino, sabiendo que en ese gesto silencioso ya estamos sembrando el legado que dejaremos en los corazones que inspiramos.
Por Jorge Cámpora Ph.D, Director Especialización en Liderazgo y Desarrollo Personal de la Universidad del Salvador (USAL) en el marco del Día de los Enamorados, donde se celebra el amor y la amistad, que se conmemora cada el 14 de febrero.
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