Hacia una geopolítica de la Argentina Bicontinental
En el marco del “Día de la Antártida Argentina”, la Secretaría de Prensa de la Universidad del Salvador (USAL) dialogó con la Dra. Mariana Altieri, profesora de Geopolítica de la carrera de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación de nuestra Universidad y Presidenta de la Fundación Meridiano, institución dedicada al estudio de la política internacional. Sus líneas de investigación se centran en la geopolítica, con especial énfasis en las dinámicas de cooperación y competencia en los espacios marítimos y en los procesos de reconfiguración del poder en el orden mundial. Asimismo, desarrolla estudios sobre la “Cuestión Malvinas” desde la perspectiva de la teoría del conflicto internacional y el análisis de disputas territoriales de carácter prolongado.
Se le consultó a la Dra.Altieri sobre: ¿Qué implica para Argentina ser una Nación Bicontinental?
Históricamente nuestro pensamiento situado se ha configurado sobre la autopercepción de ser el país del “Fin del Mundo”. El apéndice más lejano del creciente exterior de la isla mundial, es decir, en términos de los padres de la geopolítica tradicional: el lugar más alejado del heartland (1).
Desde allí comprendimos a lo austral como lo lejano, incluso tal vez lo inabarcable; pero a la vez nos vinculó indisolublemente con las islas del Atlántico Sur y con el Continente Blanco, no solo en términos simbólicos sino materiales como lo demuestran los 121 años de presencia ininterrumpida en la Antártida.
En 2020, la Argentina oficializó un nuevo mapa que refleja con claridad su verdadera dimensión territorial: no solo como nación sudamericana, sino como país bicontinental, con proyección antártica y una vasta plataforma continental reconocida internacionalmente a partir del trabajo de la Comisión Nacional del Límite Exterior de la Plataforma Continental (COPLA).
Este mapa no es solo una representación gráfica: es una afirmación política y estratégica. La Argentina no termina en Ushuaia. Su territorio se proyecta hacia el sur hasta el Polo Sur, integrando el Sector Antártico Argentino como parte de su identidad histórica y jurídica.
La presencia argentina en la Antártida es, además, una de las más antiguas y continuas del mundo. Desde 1904, cuando se estableció la Base Orcadas, el país mantiene una ocupación ininterrumpida en el continente. Esa continuidad es un elemento clave que distingue a la Argentina entre los Estados con intereses en la región.
El continente antártico se rige por el Sistema del Tratado Antártico, inaugurado con la firma del Sistema del Tratado Antártico en 1959 y en vigor desde 1961. Este acuerdo congeló los reclamos de soberanía, prohibió la militarización del territorio y promovió su uso con fines pacíficos y científicos.
Actualmente, 54 Estados forman parte del sistema, pero solo 29 tienen estatus consultivo y participan en la toma de decisiones por consenso. La Argentina integra ese grupo selecto, lo que le otorga un rol activo en la gobernanza del continente.
Sobre el valor estratégico de la Antártida, nos comentó: “La Antártida posee un valor estratégico que se actualiza e incrementa con el correr de los años, presentándose a futuro como un activo para la humanidad en su conjunto y, por sobre todo, para aquellos actores que posean capacidades de acción sobre él. El crecimiento del interés por los recursos naturales estratégicos —minerales, hidrocarburos, biodiversidad y reservas de agua dulce— y el impacto del cambio climático colocan a la Antártida en el centro de nuevas disputas potenciales. En 2048 podrá revisarse el Protocolo Ambiental que hoy prohíbe la explotación minera, lo que abre interrogantes sobre el futuro del continente”.
En este contexto, la presencia científica, logística y política sostenida se convierte en un activo estratégico de primer orden.
Para la Argentina, esta discusión se torna fundamental por nuestra doble condición de país reclamante de soberanía y “puente” hacia el Continente Blanco. La presencia ininterrumpida desde 1904 y el rol central en el Sistema del Tratado Antártico nos otorgan una ventaja clave, pero que no puede ser aprovechada sin el diseño de una estrategia integral de gestión de ese territorio, dentro del marco internacional vigente, pero comprendiéndolo como parte del desarrollo nacional.
Esta nueva caracterización geopolítica argentina tiene que incluir el hecho de ser una península dentro de la península que es Suramérica en un hemisferio sur dominado por las masas oceánicas (no las continentales como en el hemisferio norte), y sin embargo ser el octavo país del mundo en extensión territorial y contar con una extensa llanura templada que en contraposición con la escasa densidad poblacional del territorio se configura como un espacio anecuménico (2). A esto se suma una estructura económica, socio productiva y demográfica, fuertemente desequilibrada y concentrada en la zona centro del país, dejando mayormente despoblada la enorme extensión fronteriza terrestre y también marítima de nuestro país.
Las principales líneas de acción están planteadas: el efectivo desarrollo del polo logístico antártico con cabecera en la ciudad de Ushuaia, la inversión en capacidades navales y polares de forma privilegiada, la construcción de puertos oceánicos de aguas profundas en la Patagonia a fin de desconcentrar el Río de la Plata, a su vez que se desarrolla una estrategia de desarrollo marítimo, etc. Sin embargo, todas estas iniciativas y muchas otras existentes o por venir, requieren de una mirada integral desde la geoestratégia que parta de la base de una compresión de la geopolítica bi continental de la Argentina.
Al cierre, le consultamos sobre el desafío que tenemos como país en esta materia y enfatizó: “Hoy tenemos el desafío de hacer propio el mapa bicontinental y de incorporar a la Argentina marítima y antártica al cálculo geoestratégico efectivo tanto de nuestra política exterior como de nuestro ordenamiento interno”.
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(1).La teoría del Heartland o “Corazón Continental” fue desarrollada inicios del SXX por Halford John Mackinder con un gran impacto en la disciplina. La misma sostiene que el centro gravitante de la geopolítica mundial se desarrolla en el centro de Eurasia y propone una lógica de círculos concéntricos desde la gran isla mundial que componen los continentes de Europa y Asia y el norte de África, rodeados por el creciente interior que incluye los litorales marítimos (y que será considerado determinante más adelante por Spykman) mientras que América y Oceanía recaen en lo que se considera el “creciente exterior.
(2). Por ecuménico se comprende a los procesos de la superficie terrestre ocupados por el hombre, por ende “anecuménico” hace referencia a los grandes espacios territoriales vacíos o semivacíos en términos de la aleación de la población presente por kilómetro cuadrado.
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