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Marcela Feudale junto a sus compañeras en el Bar Goros -Foto cortesía de Feudale

La estudiante detrás de la figura pública: Marcela Feudale en la carrera de Historia

A finales de los noventa, cuando Marcela Feudale pasó por la puerta de la Universidad del Salvador (USAL), en la esquina de las Avenidas Córdoba y Callao, ya tenía una trayectoria consolidada en los medios con participación en programas como Videomatch y Movida 360, que le valió un Premio Martín Fierro a la “Mejor Labor Femenina en Radio”. Aun así, ingresó igual: “tenía una preocupación personal: entender la historia argentina y por qué el país va y viene por el mismo camino”, recuerda. Esa inquietud —nacida en una casa donde se hablaba de política e historia— se volvió decisión académica: cursar la Licenciatura en Historia.

La organización horaria fue clave para compatibilizar estudio y trabajo. “Cursaba a la mañana y hacía radio a la tarde y a la noche. Fue un sacrificio enorme. Me acostaba a las 12 de la noche y me despertaba a las 6 de la mañana”. La carrera, extensa y exigente, la acompañó durante años atravesados por responsabilidades familiares y la crisis de 2001. Aun así, completó el trayecto con una certeza que hoy repite sin matices: “es hermoso estudiar. El tiempo del estudio es hermoso”.

El recuerdo de aquellos años tiene una escena recurrente: el café compartido con un grupo reducido de compañeros. “Éramos pocos, nos juntábamos en los recreos y seguimos viéndonos hasta hoy”. Nombra a Silvina Vinci, Facundo Pan, Mavi Korencan, Eugenia Martese y Lilian Ortellado. La cercanía entre aulas y librerías del centro porteño completaba el clima formativo: de las calles Tucumán y Rodríguez Peña a la Avenida Corrientes, de los apuntes a las mesas de debate.

La Lic. Eugenia Martese, Colaboradora Académica de la Dirección de Investigación de la Universidad y ex compañera de Marcela confirma esa escena como una postal nítida de la carrera. “Lo que más recuerdo son los cafés. Teníamos recreo entre una materia y otra, y siempre era: ‘vamos a tomar un café’”. La foto que hoy conserva Feudale —una mesa compartida en el Bar Goros, en la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña retrata uno de esos momentos del primero de los años compartidos: risas, apuntes desparramados y conversaciones que no siempre giraban en torno a la clase. “A veces hablábamos de cualquier cosa, cosas de la vida, de muchos temas. Y nos reíamos mucho”, recuerda.

En el aula, la dinámica cambiaba de tono. Martese destaca que Feudale participaba “muchísimo, con comentarios y preguntas” que enriquecían el intercambio. Recién salida del secundario, ella encontraba en esas intervenciones una apertura de horizontes: “a mí me volaba la cabeza, aprendía de los profesores y también de lo que decía ella”. La risa —la misma que millones escuchaban en Videomatch— aparecía también en clase, pero siempre acompañada de argumentos pertinentes y debate respetuoso. “Nunca vino con la postura de ‘soy una celebridad’. Era una más”, subraya.

Los intercambios se intensificaron en materias como Historia del Mundo Románico con el profesor Hilario Montuelle y, más tarde, en Historia Económica e Historia Argentina III con la profesora Mónica Holm, cursadas en pleno 2001 y 2002. “Analizábamos el pasado, pero la realidad del presente se imponía”, explica María Eugenia Martese sobre aquellos debates atravesados por la crisis. En ese contexto, Marcela Feudale discutía hipótesis y autores sin estridencias, con firmeza argumental y respeto.

El vínculo trascendió el aula. Preparaban finales en grupo, se reunían en casas particulares y mantenían el humor como marca compartida. Años después, esa conexión derivó en una profesional: entre 2007 y 2008, Feudale convocó a Martese a colaborar en un programa radial de historia, una de las primeras búsquedas para integrar formación académica y medios. “A mí me abrió mucho la cabeza”, resume sobre su paso por la carrera junto a ella.

Su ex compañera de Facultad Lilian Ortellado aporta otra dimensión del paso de Feudale por la carrera: la generosidad con los materiales y el entusiasmo por los libros. “Siempre compartía. Había traído libros de Europa —no sé si los compró allá o los consiguió afuera— y los prestaba”, recuerda. Textos de editoriales académicas, ejemplares difíciles de conseguir y bibliografía de arte circulaban de mano en mano entre compañeros. “A mí me prestó algunos para un trabajo. Le gustaba comprar libros y compartirlos, era muy generosa en ese sentido”, destaca.

Más allá de anécdotas puntuales, Ortellado subraya ese gesto como marca de época: una estudiante ya conocida en los medios que, dentro de la facultad, funcionaba como una más del grupo y fortalecía la dinámica colectiva desde el intercambio de materiales y la colaboración académica.

Aunque ya tenía exposición mediática, Feudale eligió separar mundos. “Nunca despegué los pies del piso. Traté de que mi vida en los medios fuera externa al ámbito académico”. La experiencia universitaria, en cambio, la integró en una comunidad que acompañó incluso en momentos personales difíciles. Tras el fallecimiento de su padre en 2004, la Universidad le permitió rendir el cuatrimestre final en condición libre para poder hacerse cargo de su madre y abuela. “Mis compañeros me pasaban el material y los profesores me llamaban. Esa predisposición fue fundamental”. Ese acompañamiento resultó decisivo para completar la carrera en 2005.

También tuvo un paso por la docencia como ayudante en Introducción a la Historia. “La docencia la llevo en la sangre”, afirma. Valora el desafío intelectual que plantean las preguntas de los estudiantes: “la clase te enseña nuevamente a ver el material desde otro punto de vista”. Aunque esa experiencia fue breve por exigencias laborales, la considera una deuda pendiente que espera saldar: “me gusta transmitir. Creo que en algún momento lo voy a volver a hacer”.

Desde el lado pedagógico, Adela Salas —profesora titular del Seminario de Investigación y Doctorado en Historia— recuerda el desempeño de Marcela como “excelente, con notas impecables y un perfil bajo a pesar de su exposición pública”. Tras recibirse, Feudale se acercó a su cátedra para profundizar su formación y comenzó como ayudante en Introducción a la Historia. Asistía regularmente a las clases de los martes por la mañana para profundizar los temas y debatir enfoques. “Participaba con seguridad, formulaba preguntas oportunas y escuchaba con atención. Sus intervenciones invitaban a reflexionar y sus comentarios eran precisos”, señala.

Durante ese período preparó y dictó una clase completa que Salas decidió observar en silencio. “Mostró claridad expositiva, orden conceptual y capacidad para vincular procesos históricos con problemas actuales”. Su participación como ayudante fue durante seis meses y concluyó por exigencias de su trabajo en los medios. “Fue una experiencia que disfrutamos todos —docentes y estudiantes—. Tengo los mejores recuerdos”, concluye.

Para Marcela Feudale, la formación histórica ofrece un andamiaje integral que atraviesa su práctica comunicacional. “Me formó en el lenguaje, en la lectura, en todo. Es una carrera que exige seguir leyendo siempre porque aparecen nuevos libros y teorías”. Esa perspectiva se traslada a su trabajo en radio, televisión y plataformas digitales, donde busca fundamentar cada intervención y traducir temas complejos a un lenguaje claro. “Si no sé, prefiero callarme. Y si hablo, trato de que se entienda”.

La radio, dice, es su territorio de identidad. Hoy conduce Feudalísima en Radio 10, de 20 a 22 horas. El ciclo propone una mesa de conversación sobre la actualidad “como una familia que está cenando”, con tiempo para explicar y contextualizar sin alboroto. El equipo incluye a Jorge Alperín, con análisis político; Sebastián Fernández, con humor anclado a la realidad; Carlos Barragán, con columnas de vida cotidiana; y Valeria Delgado, con agenda cultural. Cada noche, además, Feudale presenta una apertura narrativa de historia en primera persona—Cleopatra, las pirámides o la Vuelta de Obligado— que conecta pasado y presente. “La radio permite explicar, entender, relajar. Hay tiempo”, resume.

En un escenario mediático atravesado por la polarización y la inmediatez subraya la responsabilidad del comunicador: estudiar, argumentar y sostener lo dicho con información sólida. Si regresara al aula universitaria, su mensaje a los estudiantes sería directo: formarse con rigor y usar las palabras con producencia. Advierte que, aun con cuidado, los discursos pueden modificarse y que la exposición pública exige responsabilidad constante. La comunicación, concluye, no se sostiene sin conocimiento ni sin conciencia del impacto de cada palabra.

El paso de Marcela Feudale por la Universidad del Salvador no fue un paréntesis en su carrera mediática, sino una experiencia formativa que sigue presente en su manera de explicar el mundo. Entre apuntes, cafés y debates, la historia dejó de ser una inquietud personal para convertirse en una herramienta de trabajo y comprensión.


 

Por Jimena Rocío Lucero, estudiante de la Licenciatura en Periodismo de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación de la Universidad del Salvador (USAL) en el marco de las prácticas educativas de capacitación.
Coordinación: Mgtr. Mariana Bonelli, Secretaría de Prensa de la Universidad
 

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