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SECRETARÍA DE PRENSA
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Cuidamos los libros como se cuida un linaje

El 23 de abril es el Día Internacional del Libro, día que se ha elegido a nivel mundial, a través de la UNESCO, para rendir homenaje a los libros y a sus autores con el fin de alentar a “descubrir el placer de la lectura”. 

Esta fecha parece una buena ocasión para detenernos en las diferencias entre el libro tradicional y el digital. En relación a este tema, sobrevuela la pregunta sobre el futuro del libro tradicional, víctima de abundantes augurios de corta existencia entre los jóvenes. ¿Será un bien cultural vigente o se encamina en el futuro a conservar solo el capital simbólico de “lo culto” marchando, de forma inexorable hacia su destino final? La información cuantitativa a nivel mundial sobre libros impresos, actividad de las librerías y editoriales de libros en papel, no parece coincidir con este escenario agónico. ¿El libro tradicional se seguirá entonces editando solo hasta que la última generación de inmigrantes digitales se encuentre en esta tierra?  

Quizás una ventana de comprensión pueda abrirse recordando cuatro momentos puntuales que nos anteceden en la historia de la cultura impresa. 

El primero. Durante muchos siglos, especialmente en los ambientes académicos o universitarios, el libro y la escritura fueron los dispositivos por antonomasia que nos permitían acercarnos al conocimiento, un objeto que aspira a ser la fuente de la cultura. Sin embargo, la cultura letrada como la conocemos en Occidente fue el resultado de un largo proceso. En la antigua Grecia la subjetividad se había moldeado desde la memoria rítmica del canto, la voz viva recitada se resistía a la difusión del alfabeto. La escritura significó en sus remotos principios, una invención técnica inútil. Por ello en las redes sociales puede leerse hoy la afirmación, bastante superficial, que Sócrates “odiaba” los libros. 

La segunda estación invita a indagar en el origen remoto del libro tradicional, el momento en el que los lectores sustituyen la lectura desde el rollo de papiro, por la lectura desde el códice, formato del libro como lo conocemos hoy, con hojas plegadas y cubierta encuadernada. Este nuevo cambio tecnológico (entre el siglo II y III d. C.) trajo una transformación del gesto de lectura, la que implicó otro giro en la mente del lector.  ¿Qué hecho produjo este cambio? La preferencia por el códice tiene su raíz en el cristianismo. Los primeros seguidores de Jesús el Nazareno, por el temor a las persecuciones, necesitaron leer y difundir los Evangelios de una manera práctica. Esta forma de libro que aparece sigilosa al norte de África, tendrá un nuevo impulso muchos siglos después, cuando Gutenberg invente los tipos móviles para producir el primer libro impreso: la Biblia de 42 líneas o Biblia de Mazarino en Maguncia, Alemania. Pero, paradójicamente, el formato rollo no ha salido completamente de nuestras modernas vidas tecnológicas: aún hoy todo graduado universitario espera la entrega de su diploma enrollado, aunque esta prestigiosa forma nacida en las orillas fangosas del río Nilo ya no se construya con los tallos del papiro, sino con su primo hermano, el papel. Cada vez que aparece un cambio en los dispositivos de lectura, el modo anterior tarda mucho tiempo en desaparecer.  

Durante aproximadamente cuatro siglos las aguas se mantuvieron bastante estables en cuanto a la forma del dispositivo desde el cual leemos. Pero la revolución industrial instala un tercer impacto en la cultura impresa: la producción industrial del libro provocó la difusión masiva de la lectura y del conocimiento (antes restringidos a una elite selecta). Estas nuevas técnicas con sus nuevos materiales, inauguraron otras prácticas de lecturas, otros hábitos, los que desataron la “queja” del filósofo Nietzsche en 1886 en su libro “Más allá del bien y del mal”:  

El alemán no lee en voz alta, no lee para el oído, sino simplemente con los ojos: al leer ha encerrado su oído en el cajón. El hombre antiguo, cuando leía -esto ocurría bastante raramente- lo que hacía era recitarse algo a sí mismo, y desde luego, en voz alta; la gente se admiraba cuando alguien leía en voz baja, preguntándose a escondidas por las razones de ello.

Hasta que en el siglo pasado apareció el hipertexto: la conversión de la escritura gráfica a la digital fue inaugurada en 1960 por Ted Nelson (proyecto Xanadu). Esta estructura presentó al lector la posibilidad de realizar una lectura no secuencial de los textos; en ellos, cada punto puede convertirse en un nodo de información, abriéndose múltiples caminos de lectura que se enlazan entre sí. En los ’90, internet, inspirada en el hipertexto, potencia su uso, ofreciendo a los lectores un gran caudal de información a veces libre, a veces no; a veces gratuita, muchas veces no. En esta instancia las prácticas de lecturas se complejizaron, la inmediatez que significa un clic demanda lectores altamente críticos capaces de evaluar la información que se desliza antes sus ojos. Se diferencian los lectores-navegadores, quienes persiguen intereses momentáneos, los lectores-usuarios, quienes buscan información con un objetivo definido, y los hiperlectores, quienes interactúan con la web profunda y la modifican. La lectura efectiva de la web profunda dependerá de las habilidades cognitivas y del desarrollo de nuevas estrategias de lectura.

¿Y entonces?... Cuando las pantallas se desbordan

En este muy somero y enojosamente sintético recorrido por la historia de libro, solo he querido expresar que la incertidumbre (o temores) sobre el futuro del libro tradicional no es nueva. La historia de la cultura impresa demuestra que cada vez que apareció un nuevo formato desde el cual leer, existieron resistencias:  la percepción es que las nuevas prácticas significarían alguna pérdida respecto de la tradición de lectura anterior. Lo que sabemos es que decididamente la supremacía del mundo analógico ha desaparecido. Los nuevos entornos de lectura, serán por mucho tiempo, híbridos.  Por mucho tiempo. Por otro lado, la realidad digital, que indudablemente avanza, acarrea también sus propias paradojas: por ejemplo, el hipertexto que deslumbró porque ofrecía la posibilidad de brincar de un texto a otro, es también un desafío: ahora se busca la manera de retener a los lectores en un sitio web…

El estallido del uso intensivo de pantallas que atravesamos se ha visto en las últimas décadas potenciado por las redes sociales, y la imparable disponibilidad de aplicaciones dirigidas a resolver cuestiones de la vida diaria desde un celular. En este panorama la pregunta vuelve una y otra vez ¿es improbable que las nuevas generaciones practiquen la lectura desde el libro en papel? 

La neurociencia nos acerca otras posibles respuestas. Desde este abordaje se nos confirma la importancia de la escritura y la lectura manual (mayor expansión cerebral, mejora el aprendizaje y la memoria); se afirma que la lectura en papel favorece la reserva cognitiva relacionada con el procesamiento visual, la memoria semántica y las funciones ejecutivas. Estos estudios aplicados a la educación apuntan a desarrollar estrategias destinadas a vigilar la sobre estimulación digital para evitar problemas de autocontrol y de atención (un desequilibrio en los neurotransmisores produce dificultades para concentrarse en tareas prolongadas). Asimismo, se observa la necesidad de cuidar en los jóvenes “el tiempo” que implica alcanzar la madurez emocional (síntomas de ansiedad, depresión, intolerancia a la frustración), en ocasiones amenazado por la sobre exposición a estímulos digitales.

Esta breve presentación pretende dar cuenta de que, desde la historia de la cultura, es posible vaticinar que por mucho tiempo convivirán el libro en papel y el digital. Y que los trabajos científicos van más allá, llaman a las familias y a los educadores a regular el uso de las pantallas, al fomento de diferentes prácticas de lectura según objetivos, y a tomar conciencia sobre la necesidad de respetar la neurobiología humana y el equilibrio emocional. 

En este escenario, el sistema de Bibliotecas de la Universidad del Salvador (USAL) ha evolucionado proponiendo servicios híbridos, encaminados a respetar diferentes prácticas e intenciones de lectura. Las bibliotecas universitarias de los Campus de Pilar, Virasoro y CABA, no se limitan a ofrecer información en diferentes formatos, sino que también son es un espacio de encuentro y recreación. Por otro lado, la Universidad cuenta con la Biblioteca y Archivo Históricos, con un “Taller destinado a la Conservación de los libros en papel” y con un “Taller de Digitalización de Fondos y Colecciones Especiales”. 

El libro en papel más antiguo que tiene en custodia la Universidad del Salvador es “El fuero real de España de Alfonso X, El Sabio (1533)”. Nació cuando aún la invención de Gutenberg no alcanzaba los cien años de vida. Intenta en su manufactura, reproducir los manuscritos artesanales de la etapa anterior… 

Cuidamos éste y todos nuestros libros con el mayor de los esmeros. Es nuestro modo de homenajear a todo el linaje de libros tradicionales que antecedieron a esta época. Lo hacemos sabiendo de su largo y laborioso camino, de sus múltiples transformaciones, de las resistencias con las que cada colectivo humano lo enfrentó desde la antigüedad.


Mgtr. Liliana Rega, Directora de las Bibliotecas de la Universidad del Salvador (USAL).
 

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