Las 4 C: Personas Comprometidas
El “compromiso” conforma, junto con “competente”, “consciente” y “compasivo”, una de las cuatro cualidades (4C) de la excelencia humana según la pedagogía ignaciana. Las 4 C son un esquema nemotécnico fácil de recordar y que expresa algunas características fundamentales para la acción, tanto a nivel personal como institucional. No obstante, “compromiso” es un vocablo que se puede prestar, según algunos contextos, a interpretaciones no del todo adecuadas. Por eso aquí preferimos referirnos a una expresión equivalente y hablaremos de “personas responsables”.
La palabra responsabilidad proviene de "responder". Por lo tanto, una persona responsable es aquella “capaz de responder". O sea, se responde a algo previo que le sobreviene, se responde a otro y en cierto modo a sí mismo. La primerísima respuesta es ante la vida que nos ha sido dada. Nadie eligió nacer, no nos autoconstituimos, y el que se hace consciente de ello se vuelve agradecido, evita el narcisismo y la omnipotencia. Responde cuidando de sí mismo y de los demás.
Podemos decir entonces, uniendo vocablos, que la persona comprometida se caracteriza por ser responsable, fiel, entregado, constante. Es una persona que mantiene con intensidad y pasión su responsabilidad a largo plazo.
Ahora bien, no se trata de una responsabilidad que se ejerce sólo de forma individual o respecto a las obligaciones propias contraídas con el círculo inmediato familiar o laboral, sino que incluye “el compromiso hacia la justicia social” (Seminario sobre Pedagogía y Espiritualidad Ignacianas, Manresa, España, 2014), implica una responsabilidad social.
Ciudadanos responsables
La responsabilidad social, bien entendida, implica algo más grande que la preocupación por los propios intereses individuales, sino que nos ubica en la perspectiva del bien común, en los asuntos públicos (res publica). Significa reconocernos miembros activos de la “ciudad”. Es decir, nos lleva a ejercer la ciudadanía mediante la cual el simple individuo se hace más persona, encontrándose con otros iguales en dignidad. De este modo, se va eliminado nuestro “egocentrismo” infantil, reconociendo al otro como semejante, ya no como competidor o enemigo.
En ese sentido, el Padre Arturo Sosa, actual Superior General de la Compañía de Jesús, afirmaba:
“En la perspectiva de la educación universitaria, la ciudadanía está, en primer lugar, íntimamente vinculada a la actividad profesional realizada con profundo sentido de lo humano, de respeto e interés por la humanidad, y no por simple afán de lucro o prestigio mundano. Queremos que las personas que concluyan su formación superior en las instituciones que se inspiran en la tradición y espiritualidad ignaciana les “duela”, les afecte la vida de todos, que se involucren en el trabajo por el Bien Común, porque consideran su participación en la actividad pública como algo de lo que no puede desprenderse, si quiere llevar una vida consecuente y con sentido (Discurso al Centro Universitario FEI São Bernardo do Campo, Brasil, 2017)
Y más recientemente agregaba:
"Los cristianos también somos ciudadanos y debemos velar por el bien común —y no solo preocuparnos por él—, por lo que la Iglesia no puede dejar de tener voz y voto en la vida pública… Si no participáramos en la vida pública, seríamos puros, sí, pero puros «idiotas», como se llamaba en la antigua Grecia a quienes abandonaban su compromiso político o cívico, priorizando sus intereses privados sobre los intereses de la sociedad. No queremos una Iglesia de «idiotas», sino una que nos lleve a ser más políticos, mejores ciudadanos, preocupados por los demás y por el bien común". A. Sosa sj, A caminho com Inácio. Edições Loyola, 2021, págs. 104-105.
Para facilitar una lectura completa de “las 4C”, que hemos venido presentando en varias entregas, las reunimos en un solo texto, ver: Las cuatro cualidades de la excelencia humana
Por Mg. Eloy Mealla, Seminario Permanente Pedagogía Ignaciana, Vicerrectorado de Formación (VRF)
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