Salón “San Ignacio de Loyola”. La historia detrás de su nombre
En el edificio donde funcionan las Facultades de Ciencias Sociales, Educación y Comunicación y la Facultad de Filosofía, Historia, Letras y Estudios Orientales de nuestra Casa de Estudios se encuentra el Salón “San Ignacio de Loyola”. Un espacio con un nombre significativo para nuestra querida Universidad del Salvador, de quien pasó de ser un soldado de armas a un "Soldado de Dios", fundando la Compañía de Jesús y dejando una huella imborrable en la educación y la espiritualidad universal.
“San Ignacio de Loyola” se aseguró de que los primeros jesuitas pasaran la mayoría de su tiempo en lugares relativamente seculares como aulas –enseñando en forma menos directa sobre la Biblia y la doctrina de la Iglesia que sobre la literatura y los clásicos antiguos. Envió cartas a sus misioneros pidiéndoles que le escribieran no solo sobre su labor sino también sobre las costumbres locales, la vegetación y la vida silvestre– «todo lo que pareciere extraordinario». Más que nada, quería que los jesuitas salieran y «buscaran a Dios en todas las cosas». (Jesuits.org)
Desde la Secretaría de Prensa de la Universidad, invitamos a la Comunidad Universitaria a recorrer la historia de “San Ignacio de Loyola” (1491–1556):
De la corte al campo de batalla
Íñigo López de Loyola nació en 1491 en Azpeitia, Guipúzcoa (España). En su juventud, nada parecía indicar su destino religioso: su gran aspiración era la caballería. Formado en la corte de Castilla bajo la tutela de don Juan Velázquez de Cuéllar, ministro de Fernando el Católico, el joven Íñigo cultivó modales refinados, el gusto por la poesía y el arte de cortejar damas.
Tras la muerte de su protector, se incorporó al servicio del duque de Nájera, virrey de Navarra. Fue bajo su mando que participó en la defensa de Pamplona. Allí, el 20 de mayo de 1521, un hecho fortuito cambió su vida para siempre: una bala de cañón hirió sus piernas, dejándolo cojo de forma permanente.
El despertar en la convalecencia
Durante su larga convalecencia, tuvo ocasión de leer la Leyenda Áurea de Jacopo da Varagine, y la Vida de Cristo de Lodolfo Cartusiano. Estos textos transformaron su personalidad; comprendió que el único "Señor" al que valía la pena seguir con absoluta lealtad era Jesucristo.
El camino del peregrino y el silencio de Manresa
Decidido a peregrinar a Tierra Santa, Íñigo llegó hasta el santuario de Montserrat, donde hizo voto de castidad y cambió sus ricos vestidos por los de un mendigo. Barcelona, desde cuyo puerto debía embarcarse hacia Italia, padecía una epidemia de peste, e Íñigo tuvo que detenerse en Manresa, donde vivió un largo periodo de aislamiento que dedicó a la meditación y a la escritura de una serie de consejos y reflexiones que, reelaborados más tarde, formaron la base de los Ejercicios Espirituales.
Tras un breve paso por Jerusalén, donde se le indicó que necesitaba una formación teológica más sólida, Íñigo regresó a Europa. A una edad inusual para la época, comenzó estudios de gramática, filosofía y teología en Salamanca y, finalmente, en la Universidad de París.
De estudiante tardío a la fundación en París
En la capital francesa cambió su nombre por el de Ignacio, en homenaje al santo de Antioquía, a quien admiraba por su amor a Cristo y su obediencia a la Iglesia. Estos rasgos serían más tarde pilares fundamentales de la Compañía de Jesús. Para 1534, tenía seis seguidores: Francisco Javier, Pedro Fabro, Alfonso Salmerón, Diego Laínez, Nicolás Bobedilla y Simón Rodrigues.
El día 15 de agosto de 1534, los siete juran en Montmartre servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo, y fundan la Sociedad de Jesús, que luego sería llamada la Compañía de Jesús. Deciden viajar a Roma para ponerse a las órdenes del Papa. El Papa Pablo III les dio la aprobación y les permitió ordenarse sacerdotes.
La Compañía: Misión y educación sin fronteras
La Compañía de Jesús estuvo animada desde el principio por el celo misionero: los sacerdotes Peregrinos o Reformados (solo más adelante asumieron el nombre de Jesuitas) fueron enviados por toda Europa, y luego a Asia y al resto del mundo, llevando por todas partes su carisma de pobreza, caridad y obediencia absoluta a la voluntad del Papa.
Uno de los principales problemas que Ignacio tuvo que afrontar fue la preparación cultural y teológica de los jóvenes. Por esta razón, formó un cuerpo de docentes y fundó diversos colegios que, con los años, adquirieron fama internacional gracias al elevado nivel científico y a un programa de estudios que fue tomado como modelo incluso por instituciones no religiosas.
El "Apóstol de Roma" y su legado eterno
Por mandato del Papa, Ignacio permaneció en Roma coordinando la expansión de la orden y entregándose al cuidado de huérfanos y enfermos. A pesar de una salud frágil y de dormir apenas cuatro horas diarias, su capacidad de trabajo era inagotable.San Ignacio de Loyola falleció el 31 de julio de 1556 en su austera celda.
Canonización
El 12 de marzo de 1622 el Papa Gregorio XV canoniza a San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, de los primeros seguidores de Ignacio y muy cercano a él. Además tres personas fueron canonizadas el mismo día que Ignacio y Javier: San Felipe Neri, un romano que fundó los Padres Oratorianos; Teresa de Ávila, una monja carmelita española; e Isidoro de Madrid, un agricultor español que tuvo una vida de simplicidad. Es decir, ese fue un día muy especial por el grupo de personas que se nombraban santos, por el rol que cada una de ellas ocupó y el legado que dejaron. Hoy en día, las canonizaciones (individuales o grupales) son más frecuentes, pero en aquella época, no se había producido ninguna canonización en los 70 años anteriores a esas cinco, que fueron canonizadas el mismo día. Además, también esto produjo un reconocimiento a nivel universal de la figura de Ignacio y la Compañía de Jesús.
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