“Estamos en un proceso de rejuvenecimiento y creatividad y de volver a las fuentes”. Entrevista al Padre Milano
Hay decisiones que transforman el destino. Para el Padre Juan José Milano, aceptar su vocación a los 33 años fue el inicio de una aventura que cambió la comodidad por el servicio. Tras décadas de caminar por las aulas y los pasillos de la Universidad del Salvador (USAL), comparte un balance de su trayectoria con la Secretaría de Prensa: un camino que va desde su formación en la vida consagrada hasta su actual rol como referente espiritual de nuestra comunidad.
En esta entrevista, Milano se expresa como un guía que observa con agudeza los desafíos de la juventud actual. Con la honestidad de quien reconoce sus propias búsquedas, nos ofrece una reflexión vital sobre la identidad de la USAL, la importancia de "pensar la vida" y la convicción de que, en cada rincón de la Universidad, desde el rectorado hasta el personal de maestranza, late una misión sagrada: anunciar que la existencia tiene sentido
Respecto a sus inicios, ¿cuál fue la experiencia que lo inspiró a seguir el camino del sacerdocio?
“Siempre sentí el llamado, siempre, desde muy pequeño. Pero, lo eludía, lo eludí hasta los 33 años... temor, comodidad... podría llamarse… muchas cuestiones que impedían decir el 'sí' al Señor. Pero el llamado estuvo siempre, no es que sea una vocación tardía. A los 33 me decidí. Al haber visto cómo vivía la comunidad de Frailes Agustinos Recoletos, la vida religiosa consagrada, cuando vi cómo se vivía, ahí me di cuenta de que era lo mío. Más que sacerdotal, ante todo vida consagrada en una orden. En una orden que es como entrar en una familia, con una historia, con una forma de vida concreta, y eso realmente me enamoró, esa es la palabra. Y ya no pude eludir el llamado, no pude decir que la comodidad me ganaba, sino que Dios realmente me dio el espaldarazo, me dijo 'es ahora o nunca' y, bueno, a esa edad, ingresé a la orden.”
Para el Padre Milano, el Ministerio no se mide en grandes hitos aislados, sino en la capacidad de descubrir lo sagrado en lo cotidiano. Según explica, el paso de una vida que él mismo define como "mediocre" a una existencia plena comenzó con aquel primer "sí" rotundo.
¿Cuáles han sido los momentos más significativos de su ministerio hasta ahora?
Diría que, desde el inicio, siempre, cada momento fue muy significativo, como pequeños cartelitos que me iban mostrando la presencia de Jesús a partir de mi aceptación del misterio del llamado. Por tanto, lo veo desde la fe y desde la Providencia. Es decir, que todo está dispuesto según la voluntad de Dios cuando uno acepta seguirla, porque siempre la libertad del hombre está presente, ¿no?
Incluso cuando tuve que salir de la orden —porque hoy estoy en el clero ya hace más de dos décadas— me ha mostrado su presencia y su Providencia. O sea que la cuestión no es bien o mal, éxito o fracaso, sino el sentido que tiene cada acontecimiento. Cada hecho, por pequeño que sea, es significativo: desde el eco en la predicación, la Eucaristía, la enseñanza, el acompañamiento a los sufridos... cada cosa que vivo, yo diría, cada día me es muy significativo, como un cartelito, cosa que no me pasaba antes del 'sí', que llevaba una vida —casi diría y no exagero— mediocre.
A partir de allí, a partir del 'sí' a la vocación, cada día fue bien vivido, aprovechado aún en los fracasos, aún porque no todo sale como uno de pronto esperaría; pero que uno va viendo que la Providencia va guiando esos pasos incluso, ya digo, en los malos momentos, es comprender que todo es significativo, que todo es según la voluntad de Dios.
Este camino de fe llevó al Padre Milano a transitar fronteras que nunca imaginó. El paso de la vida conventual y parroquial al ámbito de la educación universitaria y el acompañamiento en la salud representó un descubrimiento personal: la revelación de un potencial que Dios tenía reservado para él.
¿Recuerda algún proyecto o misión en particular que lo haya marcado?
Sí, evidentemente, cuando se dio el cambio tan profundo, ¿no?, en el campo de la consagración, de pasar de una vida comunitaria conventual y parroquial, pasar a la educación universitaria y a la salud, ¿no?, con pacientes oncológicos. Fue un gran cambio y a la vez un descubrimiento, ¿no?, de un potencial que todavía latía en mí y que no estaba desarrollado.
Y que, como todo, como lo dije en el comienzo, no creía o tenía temor de decir un "sí" al Señor incondicional, y Él al revés, me fue mostrando todo un potencial y todo lo que esperaba de mí, que podía hacer a través mío, ¿no? Pero todos, todos esos hechos, diríamos, de nivel pastoral en sentido amplio. Sin embargo, siempre tuvieron una clara marca de evangelización. Es decir, en el sentido más amplio, evangelizar, anunciar la buena noticia. Hasta incluso en ámbitos académicos o científicos, sin la necesidad de mencionar a Dios, al decirle a cada ser humano: "tu vida tiene sentido". Como decía Einstein inclusive, ¿no?, ya preguntarse por el sentido existencial, por la trascendencia, eso es religioso.
O sea que prediqué el Evangelio, como le decía a mi exobispo cuando me preguntaba cómo iba mi vida acá en Capital —porque me había adscripto como diocesano a otra diócesis— y yo le decía: "evangelizando en los distintos campos, tanto educativo como salud, de un modo o de otro, siempre llevando el Evangelio".
¿Qué aspecto de su vocación sacerdotal siente que más se fortalece al trabajar en un ámbito universitario?
Diría, en principio, esta unidad que se va consolidando entre experiencia y vivencia con respecto al conocimiento y la búsqueda de la verdad. Porque a eso tiende cualquier ámbito académico, a este nivel y de investigación: buscar la verdad, que es comprender la realidad, en definitiva, ¿no? La verdad no la inventamos, es esa consonancia que puede ir, digamos, limitadamente porque el hombre es limitado y, por tanto, conoce limitadamente. Pero buscar comprender la realidad, y esto me va fortaleciendo sobre todo en la misión que siento como educador de jóvenes en ayudarles a descubrir el sentido existencial de su vida. Que la vida no es una "pasión inútil” sino que es una pasión que tiene un sentido, que tiene una trascendencia.
Eso es, en definitiva, me parece, en el fondo —más allá de todo lo técnico o particular que pueda enseñar— ayudar a que se despierte la conciencia. La conciencia que muchas veces poderes del mundo buscan adormecer y, por tanto, el despertar la conciencia yo creo que es gran parte de mi misión como formador más que transmisor de conocimiento, que sería muy pobre.
Yo no me considero un transmisor de conocimiento, sino al revés, aquel que suscita —como buen filósofo, que fue mi primer gran interés en la formación— a hacerse preguntas, a despertarse, a pensar. A pensar la vida, como decía Sócrates, ¿no? Una vida humana tiene que ser pensada, no estamos "durando", estando nada más. Y, por tanto, esta es una fortaleza que día a día voy conquistando.
¿Cómo describiría su misión dentro de la comunidad USAL y cómo equilibra su vida espiritual con las responsabilidades pastorales?
En principio yo diría que, a estas alturas, ya como jubilado, ¿no?, del aula... Me jubilé del aula, pero ni de la vida ni del servicio a la USAL que tanto quiero. Creo que, al contrario, estoy aportando más con mi disponibilidad a las autoridades en lo que requieran, lo que necesiten de mí que pueda yo aportarles; incluso mucho más que en la labor fija de semana a semana en el aula, ¿no?, que no era poco.
Pero esto creo que es más creativo, más disponible a estas alturas ya de mi vida, de acompañar un proceso, estamos en un proceso de rejuvenecimiento y creatividad y de volver a las fuentes, ¿no?, hasta como dicen nuestras cartas, ¿no? Ahí es donde creo que hoy me ubico.
En cuanto a equilibrar... ¡Me cuesta mucho! Me cuesta mucho, por eso ahora estoy buscando replegarme de muchas tareas para poder volver a lograr un equilibrio entre la vida espiritual y la vida pastoral. Porque yo me volqué demasiado, quizá —si se puede decir así, ¿no? — a la vida activa pastoral y he ido olvidando un poco aquello que aprendí en la vida conventual: tener una vida más ordenada, de espiritualidad, de oración, que muchas veces en el amor y el afán del mucho hacer vamos perdiendo. Así que reconozco que todavía no he logrado ese equilibrio que deseo.
¿Qué desafíos espirituales percibe hoy en los jóvenes universitarios?
Creo que lo puedo sintetizar en esto: como todo joven, busca. Lo que pasa es que los modelos hoy día son escasísimos. Entonces esa inquietud interior que todos tenemos —sobre todo a esa altura, en esos años juveniles— muchas veces no encuentran canal y, al contrario, la sociedad los bombardea, los aturde, los dispersa, los embota para que no piensen, para que no se cuestionen.
Es decir, hoy por hoy, todo lo que rodea a un joven es poco, poco favorable a que piense su vida, en definitiva, ¿no? Y por tanto, una vida espiritualmente llevada con convicciones, con conciencia de cada paso que se da, se hace difícil. Yo creo que ese es el gran desafío de los jóvenes: abstraerse de toda esta, diríamos, chatarra que los rodea y poder concentrarse en aquello que realmente les llama el corazón, aquello que el corazón les va diciendo, si es que pueden escucharlo en medio de tantos ruidos.
¿Qué cree que aporta la presencia de la Iglesia dentro del ámbito académico y qué valores considera imprescindibles para la vida universitaria?
Acá es para extenderse, trataré de transmitir por lo menos una idea que yo tengo muy fuerte y presente, que es justamente su identidad. Su propia identidad, que le dio identidad a Occidente por lo menos, ¿no?, y que lamentablemente, lo digo como anécdota, pero es tremendo lo que estoy viendo, cada año que vuelvo a Europa, veo a una Europa que va renegando de su raíz cultural, ya no solamente de una cuestión de fe religiosa cristiana católica, sino cultural. Por lo menos, aún un agnóstico o un ateo tendría que reconocer que todo lo que hoy por hoy existe en Occidente, sobre todo en el ámbito educativo y de la salud, es ex corde Ecclesiae, es decir, como lo decimos siempre, 'nace de la Iglesia'.
En la Edad Media nace en 1080, en Bolonia, la universidad, y todo aquello a partir de allí es según el corazón de la Iglesia. Lo mismo los hospitales, hospes, ¿eh?, el hospedar al sufriente, al indigente; eso nace en la Iglesia. Es decir, la cultura misma y en sus puntos más importantes relevantes, que es la formación y la salud, que son dos factores cruciales que tiene que atender el Estado, eso deriva de la Iglesia, nace en la Iglesia.
Entonces, yo creo que es no solamente que puede aportar, tiene que recuperar su lugar fundamental. Occidente, espero que se esté despertando antes de que sea tarde y pierda su identidad; esto es lo más grave que estoy viendo en Occidente, sobre todo en Europa, ya digo, pero todo llega, a América llega lo que empieza en Europa, ¿no? Cuando empieza algo en Europa, a los pocos años ya llega a América, ¿no?
Esta destrucción de la identidad occidental cristiana es un hecho ya, es un hecho, pero palpable, lo veo en las calles al cruzar cualquier país de Europa. Y por tanto, este valor clave de la libertad, de la fraternidad —que incluso se la apropió un iluminismo agnóstico— nace en la Iglesia: igualdad, fraternidad, libertad. Justamente esto nace en la Iglesia como crecimiento integral de la persona, ¿eh?, y mucho más entonces a nivel académico que una cuestión de instrucción técnico-científica. Porque podemos tener mucha técnica y mucha ciencia deshumanizada. Doy el ejemplo en salud: en salud veo que puede haber mucha técnica en el ámbito de la salud, en la formación de nuestros profesionales en salud, pero puede faltar una formación humanística; es decir, nos hace falta hoy por hoy, por eso hay un movimiento de rehumanizar la salud, por dar un ejemplo.
Y lo mismo en cualquier ámbito, no solo en la salud, en cualquier ámbito. Todo esto desde la Iglesia, desde la vida de la Iglesia, desde las religiosas que estaban en los hospitales, desde los religiosos que estaban en las aulas y en las cátedras universitarias, la cosa tenía su identidad, digamos, bien marcada. Se fue perdiendo... yo exhortaría a volver a recuperar ese ámbito con nuevos métodos, con nueva pasión, con renovado entusiasmo y esperanza.
¿Qué es lo que más lo conmueve de celebrar misa en las capillas de la USAL?
En principio, obviamente, igual que en toda eucaristía, sea que sea en una parroquia populosa como la que tengo acá en Capital, sea en la capilla más pequeña, es la emoción, el momento de la palabra, de la eucaristía, digamos, de la palabra y como la eucaristía, digamos, del pan consagrado. Son los momentos más fuertes que lo vivo. Con o con más o menos presencia de estudiantes o profesores, lo que más sí, de entre todos ellos, los que más me conmueve como siempre, los más sencillos. La gente del personal de maestranza, por lo menos los que siempre los veo presente en una de la capilla. En otra capilla es al revés: veo a los directivos, a los decanos... eso depende como todo de la cabeza. Animar y acompañar en el tener ese momento, que son, lo hago yo muy breve como todos los que me conocen, tener esos momentos de encuentro fuerte con el Señor y la eucaristía.
¿Recuerda alguna anécdota que haya marcado su tarea pastoral con estudiantes o docentes?
Sí, varias. Acá ahora me viene a la mente, bueno, más que una anécdota un hecho, que es que a lo largo de los años el enfoque que yo promulgo, por lo menos en psicología, fue creando un grupo de estudiantes que adscriben al enfoque existencial, humanista existencial. Y además creyente cristiano, por otra parte, pero fundamentalmente como profesionales, más allá de la creencia religiosa, el enfoque humanista existencial. De tal manera que se terminó constituyendo un centro de psicoterapeutas de esa línea. Y esto es como cuando uno a cierta altura ve los frutos, ¿no? Recién ahora comienzo a ver la semillita que fui sembrando, pequeña, comparada con tantos años de cátedras que hay con otras líneas muy distintas. Y bueno, es... es algo para mí importante, muy valioso.
Y la otra es quizás una anécdota bastante crítica, que es en una oportunidad un estudiante dijo: "Yo no soy creyente", ¿no? Y yo le dije, me salió en ese momento, digo: "Al contrario, vos sos más creyente que yo, porque vos creés todo lo que te han enseñado aun sin pruebas, porque el noventa por ciento son teorías, ¿no?, de hecho, son teorías y no pruebas.
Y en el ámbito científico todo lo que se acepta tendría que ser probado. Mientras que yo, lo que creo, y creo simplemente en Jesucristo, no necesito probarlo, sino que es un don, porque la fe es un don, por algo es una virtud teologal. Me fue regalada la fe. Por tanto, yo no tengo que probar la existencia de Dios, pero sí vos tenés que probar todo lo que afirmás pretendidamente científico.
Así que como... bueno, el aula ahí... ahí estalló en expresiones, casi humorísticas, de cómo di vuelta la cuestión de esto de creer o no creer. ¿Qué es creer? En la ciencia no se debe creer, se debe tener certezas. La creencia es una cuestión de fe. Punto.
¿Cómo percibe la relación de los jóvenes con la fe?
A ver, yo diría —es una relación, ante todo, y sobre todo por esa edad, pero más que nunca en estos tiempos— experiencial, vivencial a nivel personal.
Se enfatizó mucho por sí sola la cuestión personal y no institucional, diríamos, ¿no? Un poco también como profetizó Viktor Frankl; dijo: "cuando algunos le dijeron 'va a ser menos religioso el hombre después de la técnica, la ciencia, las guerras mundiales'", dijo: "No, más religioso que nunca, pero no institucionalmente religioso".
De hecho, los jóvenes sí, yo percibo que todos, de un modo o de otro, están en la búsqueda y en una búsqueda de fe, pero a nivel personal. O sea, la participación concreta en la Iglesia es escasísima en proporción a la cantidad de jóvenes, ¿no?
¿Y esto por qué? Porque... porque sí, no, no hay nada "porque sí", ¿no? Sino que yo creo —esto es muy mío— es son el resultado de los padres que han vivido situaciones de "vacunación", es lo que yo digo irónicamente. Muchos de ellos, muchos de esos jóvenes son hijos de padres que han ido a colegios católicos y no siempre han sabido los colegios católicos realmente motivar en la fe y en la adhesión a Jesucristo, sino que han tenido una... una actitud a veces más impositiva o moralista que verdaderamente "religadora", que sería
el objetivo de toda religión: religar, reunir al hombre con Dios, ¿no?
Entonces, los padres transmitieron una negatividad en ese sentido, que también redunda en los hijos, ¿no? Al revés de aquellos padres que están entusiasmados, porque somos condicionados —y si bien no determinados, pero muy condicionados— por la primera sociedad fundamental que tenemos, que es papá y mamá, nuestra sociedad, ¿no?
Así que yo creo que, si se puede hablar de relación, es absolutamente personal.
¿Qué cree que puede aportar hoy la Iglesia a la construcción de una sociedad más justa?
Bueno, yo diría simplemente ser lo que tiene que ser, lo que está llamada a ser. Y esto lo sacamos de la intensa exhortación de Jesús, digo, permanente, en todos los Evangelios y en todo momento. Cuando envía a los apóstoles, cuando habla con los que Él elige: "Vayan y anuncien la Buena Noticia del Reino y sanen o acompañen el sufrimiento a los que están enfermos". Son los dos mandatos concretos que Jesús nos hace a los creyentes todos, sea el lugar que cada uno ocupe. La Iglesia está llamada a evangelizar, anunciar la Buena Noticia de Jesucristo, ¿eh?, de que Cristo ha vencido el final de la vida, la muerte, para poder tener vida eterna en Él aquellos que creen. Y además, compadecerse del sufriente, que ese es el más pobre. Porque cuando hablamos siempre de la opción por los pobres, no olvidemos que el más pobre no es el que no tiene plata, porque la gente no se mide por el bolsillo. La gente se mide por el corazón, "donde ahí soy lo que soy", dice San Agustín. Y por tanto, el más pobre es aquel que está enfermo de pronto en la cama de un hospital y que no se autovale. Y ese es otro de los ámbitos, como dije antes, que hemos abandonado: al sufriente de forma integral.
Aquí no se trata de una cuestión sociológica de testamento social de pobres y ricos según el bolsillo, sino de corazones necesitados, humildes o soberbios. Entonces, a eso está llamada la Iglesia, ¿no? A volver a la fuente que tendría que dar al mundo entero lo que Cristo nos pide que demos a cada uno de los creyentes y a la Iglesia como institución: evangelizar y estar al lado del sufriente.
¿Qué mensaje le gustaría transmitir a la comunidad USAL?
Ante todo, personal, de agradecimiento, porque me abrieron las puertas, se me dio la posibilidad de un gran crecimiento y a la vez poder dar lo mejor que pude de mí, este, por amor a lo que es el ámbito formativo educativo. Y a la universidad, sobre todo en sus autoridades actuales, que están empeñadas en una revisión, rejuvenecimiento y nuevo impulso, que necesitamos siempre en cualquier institución. Lo hace la Iglesia, lo hacen las órdenes, capítulos de renovación que llamamos, es decir, volver a la fuente, volver a replantearnos por qué camino andamos.
Es animarlos, entonces. Animar a todas esas autoridades que veo que están empeñados honestamente y con sinceridad en un rejuvenecimiento, como digo, se me ocurre esta palabra de la universidad, ¿no? Así que, a no abandonar ese camino, que siento que se va por buen camino y que seguramente el Señor bendecirá todo con muchos frutos.
Con la mirada puesta en el futuro y el corazón en las fuentes, el Padre Juan José Milano nos invita a seguir construyendo una universidad donde la técnica y el humanismo caminen de la mano, siempre al servicio de la verdad.
Por Mgtr. Mariana Bonelli de la Secretaría de Prensa de la Universidad del Salvador (USAL).
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