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Profesores de Artes del Teatro con el Decano de la Facultad de Arte y Arquitectura el día del Homenaje a Alice Darramon de Beitía - De izquierda a derecha - Pablo Noir- Josefina Lettieri -Liliana Billo- M.Clara Beitia - Ana Revello- Gregoria Sánchez- Vanesa Banegas - María Inés Beitía - Marcelo De Simone

Un legado en escena: María Clara Beitía, una vida dedicada al teatro y la escenografía

María Clara Beitía es escenógrafa y vestuarista. Licenciada en Artes del Teatro de la Universidad del Salvador (USAL). Realizó cursos en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. En el ámbito de la moda realizó decoraciones para las firmas Yves Saint Laurent, Pierre Cardin y McTaylor. Se desempeña como docente universitaria y en investigación. Actualmente es Directora de Licenciatura en Artes del Teatro/ Escenografía en la USAL. 

¿Cómo se siente al ver a su madre, Alice Darramón de Beitía, ser homenajeada por su legado en la Universidad del Salvador?
En el marco del 65° aniversario de la creación de la carrera de Escenografía, experimento una profunda satisfacción y un sincero agradecimiento al ver reconocida la obra creadora de mi madre. Alice fue construyendo, paso a paso, la carrera de Escenografía —hoy Licenciatura en Artes del Teatro—, transmitiendo a sus alumnos su vasta experiencia profesional y las enseñanzas recibidas de su maestro y mentor, el escenógrafo Rodolfo Franco, en la Escuela Superior de Bellas Artes.

Como hija y actual Directora de la carrera, vivo este reconocimiento como un acto de memoria familiar, pero también como la validación de un proyecto educativo sólido, capaz de evolucionar sin perder su esencia fundacional.

Mi madre solía recordar el legado que recibió al comienzo, decía “Nuestra tarea es reconocer y cultivar los talentos que Dios envía al mundo, por insólitos que parezcan”. En este caso, los talentos de los jóvenes artistas. Ver hoy su legado homenajeado confirma que seguimos cumpliendo con esa misión, formando creadores capaces de dialogar con las sonoridades y lenguajes de su tiempo.

¿Qué recuerdos tiene de su madre como docente y mentora en el ámbito artístico?
Alice no se limitaba a explicar la teoría: la encarnaba. La recuerdo entrando al aula con paso apurado y una sonrisa entusiasta, sacando de su bolso libros y láminas para despertar la expectativa de los alumnos. Mientras hablaba, dibujaba en el pizarrón, haciendo visible aquello que explicaba.

En la década del setenta introdujo el uso del episcopio, una tecnología novedosa para la época, que permitió proyectar imágenes de sus libros en una pantalla. Sus clases de Historia del Espacio Escénico eran experiencias inmersivas: al explicar, por ejemplo, el teatro griego, recreaba la gestualidad, la voz y el movimiento de los personajes y del coro. Cada clase era, en sí misma, un espectáculo.

En el plano personal, fue siempre respetuosa de mis decisiones y me alentó a elegir mi propio camino. La escenografía fue mi elección desde muy chica: a los ocho años ya conocía el escenario desde adentro, acompañándola a ella y a mi tía, Carlota Beitía, y a los nueve realicé mis primeros dibujos para una puesta teatral. Como maestra, me enseñó con generosidad, sin hacer diferencias por ser su hija, y con la misma actitud maternal con la que acompañaba a todos sus alumnos.

¿Cómo cree que el legado de su madre ha influido en su propia carrera y en la forma en que aborda toda la parte artística?
Me enseñó que el arte es un don de Dios y que solo Él conoce el rol de cada persona dentro de su Plan. Esa convicción me ayudó a comprender que nunca se sabe todo y que es necesario vivir en actitud de disponibilidad, atentos a descubrir dónde aplicar conocimientos, aptitudes e ingenio.

Nací en este ámbito, con un temperamento artístico particular y con una madre que ya había creado una carrera para mi formación. Ella me enseñó que la esencia de esta profesión es imaginar lo que no existe y darle forma para hacerlo visible; abrir los ojos a lo invisible.

Creo que el arte es el resultado visible de un proceso interior: la capacidad de percibir la belleza y ponerla a la vista. El artista comparte su talento con los demás, más allá del reconocimiento o de los circuitos sociales del arte. La actitud artística, en sí misma, es fuente de felicidad.

¿Qué valores o principios heredados de su familia siente que más atraviesan su gestión como Directora de la Licenciatura en Artes del teatro (Escenografía)?
La libertad de espíritu y el respeto por el otro, fundados en la conciencia de ser criaturas únicas e irrepetibles. Desde esta mirada, mi objetivo es brindar a los alumnos los recursos necesarios para que, con el tiempo, construyan la mejor expresión de sí mismos como artistas y como personas.

Recuerdo especialmente la dedicación de mi madre hacia sus alumnos y graduados. Se comprometía de manera personal con cada proceso, generando instancias de acompañamiento individual cuando alguien lo necesitaba. Esa actitud sigue siendo una referencia fundamental en mi gestión.

¿Qué aspectos de la mirada artística de su madre cree que siguen vigentes en su manera de enseñar y de pensar las artes escénicas?
Su enfoque estaba centrado en la comprensión del núcleo del mensaje, en trabajar la “Idea”. Ese núcleo sólo puede desarrollarse plenamente a través del diálogo con los demás artistas que integran el equipo creativo. Una vez alcanzados los acuerdos conceptuales, se avanza hacia la concepción plástica de la escena.

Esta clave distingue al creador del mero realizador. Nuestro proyecto pedagógico se articula en torno a ayudar a los alumnos a identificar y desarrollar esa idea central, por disruptiva que resulte. La novedad surge de una certeza interior, de una intuición profunda. El rol del docente es acompañar a los estudiantes para que confíen en esas intuiciones, las nombren y les den forma.

La parte inferior del mural conmemorativo muestra algunos figurines originales de su madre. ¿Qué significa para usted ver estos diseños y recuerdos de su madre en este contexto?
La celebración del 65° aniversario surgió por iniciativa de un grupo de profesores. A fines de 2024 nos habíamos comprometido a realizar un mural en la fachada del Taller de Artes del Teatro, y esta conmemoración resultó la ocasión ideal.

Propuse trabajar con bocetos originales de Alice, extraídos de un proyecto de investigación sobre el Teatro Universitario del Salvador (1960–2000). La lámina de paleta de colores para vestuario fue elegida por docentes y alumnos. Me entusiasma comprobar que su uso de colores planos sigue vigente y resulta atractivo para las nuevas generaciones.

Los figurines corresponden al espectáculo Canto a la Doctrina, presentado en 1964 en el patio de las palmeras del Colegio del Salvador, en los inicios de la carrera dentro del ámbito jesuita. El mural fue concebido como un proyecto de aprendizaje-acción, en el que los estudiantes pudieron experimentar técnicas, recursos compositivos y trabajo colectivo.

¿Cómo cree que el homenaje que se le realizó contribuye a fortalecer el sentido de pertenencia y la identidad de la comunidad de la Universidad del Salvador? 
Este homenaje permite compartir con la comunidad universitaria una parte más de la riqueza histórica y cultural de la Universidad del Salvador. Para los graduados y exalumnos de Alice, representa un motivo de orgullo y un fuerte sentimiento de pertenencia. Además, es una invitación a conocer y valorar las raíces institucionales de cada disciplina.

¿Hay algo del “método Beitía” o de su filosofía artística que intenta transmitir a los estudiantes? 
En lo práctico, dejar detrás lo pasado.  Lo hecho fue útil para su momento. Ir en busca del “Hoy”. En lo específico, identificar el núcleo de cada propuesta, trabajar la idea central, comprender el contexto de la obra y el medio al que se dirige, observar la realidad y colocar al público en el centro. Trabajar en equipo, valorar los aportes de los colaboradores, la importancia de organizar el tiempo y administrar los recursos reales.

En un plano más profundo, asumir la propia responsabilidad, confiar en el talento personal, trabajar con constancia y mantener una actitud abierta frente a las transformaciones de la sociedad. Buscar, en lo más íntimo, el tesoro de la propia originalidad.

¿Cómo construyó su propia voz profesional dentro de un legado familiar tan fuerte?
La fortaleza del legado familiar se construye con el aporte de las diferencias de cada uno… parte de ese legado es desarrollar lo propio con libertad, incluso considerando que si hay grandes diferencias, es mejor. Nunca sentí ese legado como un ámbito en el que tuviera que hacer valer mi voz. Al contrario. Aprecio y valoro los talentos de todos mis familiares, aprendí mucho de ellos, los admiro y cada uno sigue su camino. Mi familia es el espejo en que me miro en el arte. Son sinceros. No me van a dejar equivocar y yo hago lo mismo. 

En lo personal, construí mi voz profesional explorando diversas aplicaciones de mis conocimientos teóricos y prácticos, combinando técnicas y lenguajes. Me interesa particularmente la iconografía cristiana como campo de investigación estética y simbólica, así como la articulación entre pensamiento, materia y sentido. 

¿En qué puntos siente que se diferencia del enfoque artístico de su madre y cuál considera que es su sello personal dentro de la Dirección de la Licenciatura en Artes del teatro (Escenografía)?
Mi madre fue creadora de un modelo de enseñanza integral de las artes del teatro, que incluía la formación de actores, dramaturgos y directores, un proyecto que no llegó a concretarse plenamente. Su propia formación era profundamente interdisciplinaria: había estudiado danza, música, once años de violín y diez de danza clásica. Tenía una presencia escénica total y una gran capacidad de síntesis; articulaba en sí misma las artes del teatro y le resultaba natural transmitir esa “química” intangible que sostiene lo teatral.

Uno de sus aportes metodológicos más relevantes fue la evaluación por conceptos, un sistema que permitía analizar cada trabajo desde múltiples dimensiones —carácter teatral, investigación, expresividad artística, escenotécnica, dibujo, color y artesanía— a las que luego se sumó la puntualidad, entendida como manejo del tiempo. Este enfoque se consolidó en la modalidad de examen en coloquio: un encuentro del equipo docente con cada alumno, centrado en la lectura del proceso de evolución individual. El coloquio permitía evaluar obras concretas y, al mismo tiempo, funcionaba como una instancia de reflexión y autoevaluación del cuerpo docente.

En la medida de lo posible, mantuve esta modalidad. Los conceptos formulados por Alice se sostienen hoy como ejes estructurantes del Plan de Estudios, adaptados a un contexto académico, tecnológico y profesional diferente.

Mi aporte personal se fue definiendo a partir de una necesidad que observé ya en mi etapa de estudiante: el interés creciente por profundizar en los aspectos de la realización y en el contacto con situaciones reales de producción. Desde la Dirección amplié las materias prácticas y articulé talleres vinculados con las asignaturas teórico-prácticas, con el objetivo de generar productos concretos a partir del estudio, la investigación y el trabajo en equipo.

En ese mismo sentido, impulsé una mayor vinculación con el medio, promoviendo articulaciones con otras instituciones, grupos artísticos y ámbitos de producción cultural. Estas experiencias permiten que los alumnos trabajen en contextos reales, dialoguen con distintos lenguajes y públicos, y aprendan a adaptar sus proyectos a demandas externas, fortaleciendo su inserción profesional.

A partir de la década del noventa propuse, además, la incorporación de un eje específico de tecnología digital, con materias de generación de imágenes en 2D y 3D. En ese marco surgió el TAE, Taller de Experimentación Escenográfica, como un espacio pedagógico orientado a la investigación de proyecciones, recursos tecnológicos y nuevas formas de concebir el espacio escénico.

Si tuviera que sintetizar mi diferencia, diría que mientras mi madre encarnaba en su persona una síntesis viva de las artes del teatro, mi sello ha sido consolidar una arquitectura pedagógica abierta al medio: fortaleciendo la realización, ampliando los lenguajes, incorporando tecnología y promoviendo vínculos con otros actores culturales, para que los alumnos puedan transformar sus ideas en obras concretas y situadas en el tiempo que les toca vivir.

¿Qué aprendizajes de la vida familiar en un entorno artístico cree que más enriquecen su rol académico?
Los encuentros familiares fueron verdaderos foros culturales. En la familia Beitía cada uno desarrolló su propio camino artístico, y fuimos testigos de debates profundos sobre el arte, la fe y la actualidad. Mi casa era, literalmente, una biblioteca. En ese entorno, Alice reunía a todos alrededor de una mesa generosa, donde la conversación, el intercambio de ideas y la curiosidad intelectual formaban parte de la vida cotidiana.

De esa experiencia aprendí el valor del diálogo, de la actualización permanente y de la circulación generosa del conocimiento, sin reservas. La curiosidad intelectual era una fuente de disfrute y la capacidad de asombro, algo que se estimulaba de manera constante. Ese clima marcó profundamente mi manera de pensar la enseñanza y el trabajo académico.

También viví en mi familia la experiencia concreta del trabajo en equipo para la realización de espectáculos. Mi madre definía al teatro como un “juego adulto”, un espacio donde es posible expresar anhelos y preocupaciones a través de la imaginación. Esa idea sigue siendo para mí una clave pedagógica fundamental: el arte como espacio de juego, pero de un juego profundamente comprometido.

El humor y la alegría fueron igualmente formativos. La sonrisa de Alice dominaba la escena cotidiana; había lugar para la risa compartida, para lo inesperado, para el disfrute. Mi casa estaba siempre “de fiesta”, y de ese modo se nos transmitió la chispa del arte como una experiencia vital, no solemne ni rígida.

Finalmente, su amor por la naturaleza nos enseñó a observar, a cuidar y a valorar los pequeños detalles. Esa atención a lo sensible, a lo que crece y se transforma con el tiempo, también atraviesa mi manera de acompañar los procesos de aprendizaje: con paciencia, respeto y mirada atenta.

Dentro de lo artístico: ¿Hay anécdotas o enseñanzas de su madre que aún hoy la acompañan?
Sí, muchas. Cuando era muy chica, mi madre me llevaba a ensayos, funciones de teatro, exposiciones y talleres. No siempre tenía con quién dejarnos, de modo que crecí inmersa en un mundo muy distinto al de otros niños.

Recuerdo una escena con especial nitidez: despertar dentro de un baúl lleno de medias blancas impecables, en un camarín debajo de un escenario. Escuchaba voces fuertes de gente grande y me asusté; pensaba que se estaban peleando. Después comprendí que no era una discusión, sino un diálogo teatral. Frente a mí apareció un hombre de nariz prominente, con sombrero de ala ancha y plumas, que me miraba con cariño: era un actor caracterizado como Cyrano de Bergerac. Ese personaje me tranquilizó. Era de carne y hueso, hablaba en verso, hacía gestos ampulosos y desplegaba su capa oscura rodeado de damas con vestidos largos, mejillas rosadas y peinados muy distintos a los de la gente de la calle.

No entendía del todo dónde estaba, pero me fascinaba ese desfile de vestidos de época por los camarines. Mi lugar era al lado de ese gigante sonriente que era mi madre. Solo junto a ella podía habitar esa “otra realidad”, extraña y maravillosa. En ese contexto decidí ser escenógrafa, incluso contra sus propios consejos.

Mucho más tarde, estudiando con el padre Oscar Roberto Cepeda S.J., pude poner en palabras aquello que había vivido intuitivamente desde niña: que la imaginación puede materializarse en un espacio que la humanidad ha creado, desde tiempos inmemoriales, para hacer visible lo que imagina: el espacio escénico. Esa necesidad de dar forma a la imaginación ha adoptado múltiples lenguajes a lo largo de la historia, y sigue siendo el núcleo de lo que hago y enseño.

¿Cómo se integra el legado artístico de su madre en la visión que impulsa hoy la Licenciatura en Artes del teatro (Escenografía) y qué nuevos horizontes propone usted, diferentes a los de su madre?
Mi madre me permitió colaborar con ella desde la década del noventa y fue siempre permeable a mis propuestas. En ese período trabajamos juntas en la elaboración del Plan de Estudios de la Licenciatura en Artes del Teatro, que otorgó grado académico a la carrera de Escenografía. Allí pude plasmar los ejes que estructuran el plan y comenzar a introducir materias vinculadas a la formación digital, anticipando transformaciones que luego se volverían centrales.

Comparto con ella la convicción de que para aprender es necesario apropiarse de un problema y resolverlo. En su caso, esa idea se materializó en la creación del Teatro de Ensayo, un espacio donde los alumnos desarrollaban espectáculos a partir de sus propias ideas y las presentaban a un público. Más tarde creó el Teatro Universitario, una experiencia verdaderamente inmersiva, en la que participaban alumnos, docentes y miembros de la comunidad universitaria, y que permitía aprender en tiempo real qué implica ser escenógrafo.

Desde mi gestión, ese mismo espíritu se proyecta hacia nuevos horizontes. He creado materias orientadas a canalizar la interacción con el medio y las demandas del contexto profesional actual. El Plan de Estudios vigente incluye Teatro de Ensayo y Práctica de Producción, una asignatura que articula encargos externos de diseño y realización de escenografía, ambientaciones y colaboraciones artísticas de diversa índole.

Estas prácticas suelen requerir la participación conjunta de varias materias y la conformación de equipos integrados por alumnos de distintos niveles. Mi objetivo es fortalecer y ampliar este tipo de experiencias, que permiten a los estudiantes integrar saberes, adaptarse a contextos reales de trabajo y poner a prueba sus ideas en diálogo con medios externos.

De este modo, el legado de mi madre se integra como fundamento pedagógico, mientras que los nuevos horizontes que propongo apuntan a una mayor vinculación con el medio, a la profesionalización temprana y a la capacidad de responder creativamente a los desafíos contemporáneos del campo escénico.

¿Cómo se conjuga la tradición familiar con la innovación que exige la formación teatral contemporánea?
La tradición familiar que heredamos no se define por la repetición de formas, sino por una actitud: estar abiertos a la novedad sin perder de vista los valores permanentes, aquello que mi madre llamaba “el fuego de la tribu”. No se trata de quedar anclados en el pasado, sino de comprenderlo para poder transformarlo.

Ya en vida de Alice, y siendo ella directora de la carrera, incorporamos la enseñanza del modelado 3D, entendiendo que las herramientas tecnológicas de cada época forman parte del lenguaje escénico. Siguiendo ese mismo criterio, hoy promovemos que los alumnos exploren de manera crítica qué puede aportar la inteligencia artificial al desarrollo de investigaciones y proyectos. Las asignaturas artísticas de la carrera están concebidas como espacios de aprendizaje, investigación y experimentación, donde la tecnología se integra al pensamiento escenográfico y no lo reemplaza.

Al mismo tiempo, reconocemos que en el arte y en el espectáculo existen prácticas que se han perfeccionado a lo largo de los siglos y continúan vigentes. Ignorarlas implicaría desconocer la construcción histórica del hecho teatral. El edificio teatral es una creación de la humanidad que ha ido incorporando, en cada época, las maquinarias y recursos disponibles. El escenario funciona como un laboratorio: experimenta libremente, incorpora novedades y, con el tiempo, conserva lo que demuestra ser significativo y descarta lo pasajero.

Por eso, aprender de la experiencia del pasado es esencial en esta profesión. Aquellos saberes que han probado su utilidad siguen formando parte de nuestros programas y continúan siendo herramientas efectivas para nuestros graduados en su práctica profesional. La conjugación entre tradición e innovación se da, entonces, en un diálogo constante entre memoria, experimentación y adaptación al público y al tiempo presente.

¿Qué siente cuando ve a nuevos estudiantes iniciar un camino artístico similar al que inspiró su propia familia?
Siento entusiasmo y una profunda responsabilidad. Percibo que el Creador sigue enviando talentos inquietos y seguros, con ideas y deseo de aprender a concretarlas. Acompañar ese proceso es una tarea exigente y profundamente gratificante.

¿Qué piensa que le hubiera dicho su madre de su rol actual como Directora de la Licenciatura en Artes del teatro (Escenografía)?
Creo que estaría satisfecha al ver que su obra continúa viva y transformándose.  Como madre en el arte, debe estar contenta de ver a tantos “nietos” en el mundo desarrollando su carrera con lo aprendido en la Universidad del Salvador.  Tal vez me recordaría, con su sonrisa habitual, que también es tiempo de dar lugar a nuevas voces.

¿Cuál fue la enseñanza más importante que le dejó como persona y como artista?
Como persona me enseñó la maravilla que es en esta vida  dejarse guiar por el respeto absoluto por la Voluntad de Dios en todo. Eso deriva en estar siempre disponible para los demás, no ahorrar talento cuando alguien lo necesita. La importancia de la paciencia y la humildad. Cómo artista, apertura a aprender e incorporar lo nuevo, no desperdiciar mis talentos. Me enseñó que “el Arte es la búsqueda de la Belleza” . Esta frase fue su lema y es mi refugio cuando estoy con algún proyecto entre manos y tengo que tomar decisiones estéticas. 

¿Qué le gustaría que la gente recordará sobre su madre y su legado en el teatro argentino? 
El teatro es un arte esencialmente efímero, y el escenógrafo es una figura que trabaja, en gran medida, detrás de la escena. Por eso, me conmueve cuando los graduados se acercan a compartir sus experiencias y, al hacerlo, siempre la nombran, recuerdan algún consejo, una frase, una actitud… y sonríen. Ese gesto dice mucho más que cualquier reconocimiento formal.

Alice ha sembrado alegría en quienes la conocieron en el ámbito teatral, académico y familiar. Me alegra profundamente advertir su legado cuando veo espectáculos en los que la escenografía revela criterios, decisiones y sensibilidades que remiten a sus enseñanzas. Ella solía decir que “estamos de paso, y tenemos que aprovechar el tiempo para desplegar al máximo los dones recibidos”. Si algo deseo que se recuerde de su paso por el teatro argentino, es precisamente eso: una vida dedicada a poner el talento al servicio de los demás.



Por Mgtr. Mariana Bonelli y Lic. Vanesa Solá de la Secretaría de Prensa de la Universidad del Salvador (USAL)


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